Adelanto: Frente al límite




En “Frente al límite. Las trayectorias de mujeres que sufrieron violencia”, Natalia Castelnuovo nos acerca un interesante trabajo sobre los modos en que la sociedad construye, legitima y reproduce distintas formas de ejercer la violencia sobre las mujeres. El libro reúne relatos de algunas de ellas, que sufrieron violencia no sólo por parte de sus esposos o parejas sino también de parte de instituciones o demás miembros de la sociedad.


“Yamila es una muchacha afgana de 16 años. La conocí el año pasado en la cárcel de mujeres de Kabul, donde muchas reclusas están acusadas de adulterio, de escapar de maridos brutales o de querer casarse con un hombre elegido por ellas. Se la habían llevado secuestrada, de su casa, en Kunduz, hacía un año, y la habían obligado a casarse, maltratado y violado. Cuando el tío de su marido amenazó con violarla, no pudo aguantar más y huyó. Pero la policía la detuvo y la envió a la cárcel por abandonar a su esposo. Yamila me dijo que quería volver con su familia, pero que temía que su padre la matara porque, según él, los había deshonrado. Y si no la mataba su padre, lo haría sin duda el hombre con quien la habían obligado a casarse. Sus temores no eran infundados. Ese mismo año, el presidente afgano Karzai le había dado amnistía a una veintena de mujeres y niñas como ella. A algunas las mataron sus propios familiares y otras “desaparecieron”.”
(Testimonio de Irene Khan, Secretaría General de Amnistía Internacional, en: Está en nuestras manos. No más violencia contra las mujeres, 2004:11).


“A Paloma nunca la conocí, pero su madre me habló de ella. Paloma forma parte del gran número de jóvenes que han sido asesinadas en Ciudad Juárez, en la frontera entre México y Estados Unidos, en los últimos años. Durante una década, en esta localidad se ha secuestrado, torturado, violado y matado a centenares de mujeres. Las autoridades apenas han hecho nada para iniciar investigaciones y enjuiciamientos o poner fin a los crímenes, porque las víctimas eran mujeres pobres, sin poder ni peso político alguno. Muchas llegaron a Ciudad Juárez para trabajar en las maquiladoras, plantas de montaje que las empresas multinacionales instalan en la frontera de México para aprovechar las ventajas fiscales y la mano de obra barata de este país.” (Ibíd.:12).


“Rita Margarete Rogerio, brasileña, fue violada en los calabozos de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao tras ser detenida por la policía española durante una redada de trabajadoras sexuales extranjeras indocumentadas en agosto de 1995. Nunca se pudo establecer su relación con el trabajo sexual. A pesar de las pruebas médicas, el fiscal no admitió que hubiera fundamentos para emprender acciones contra el agente que, presuntamente, la había violado. Rita Margarete Rogerio interpuso entonces una querella por su cuenta, pero el tribunal, si bien consideró que había sido golpeada y violada, se vio obligado a absolver a los tres agentes que estaban de servicio cuando ocurrieron los hechos porque ninguno de ellos quiso declarar en contra de los otros. En 1999, el Tribunal Supremo expresó su consternación por el fallo del tribunal inferior, porque, aunque se había establecido con claridad meridiana que Rita Rogerio había sido violada por un agente uniformado bajo custodia policial, los agentes testigos del hecho habían conspirado para mentir, negándose a identificar al violador, y debido a ello el Tribunal Supremo no podía sino confirmar la absolución.” (Ibíd.:115).

“Me llamo Mariela Rojas. Soy de la etnia wichí, de la comunidad La Curva, Departamento San Martín, Salta. Los pueblos indígenas llevamos una larga lucha por recuperar las tierras que es muy conocida por todos. También sufrimos una tala indiscriminada de árboles y últimamente otra gran lucha es que nuestro territorio se ve invadido por las obras de gasoductos. Todas estas cañerías atraviesan nuestras tierras. Hay dañado el cultivo, hay derrames de petróleo, han contaminado el río.” (Las mujeres indígenas reunidas, 2004:18).


Una mujer de 20 años de las tierras altas del centro de Afganistán fue violada en las proximidades de su poblado por el líder de una facción armada local. Esto es lo que declaró a Amnistía Internacional: “Estoy sufriendo por lo que me ha pasado. Estaba fregando los platos en la fuente, muy cerca de mi casa. Sentí que me tocaban en el hombro, me volví y vi que era el comandante local del poblado. Me agarró, me arrojó al suelo y me violó. Todo el poblado pudo oír mis gritos, vió lo que me estaba pasando, pero no me ayudó. Mi suegro y tres cuñados acudieron corriendo para ayudarme y el comandante y sus hombres los golpearon y amenazaron. Los dejaron en libertad, y el comandante les dijo que no les iba a tocar ahora, pero que se iba a asegurar de matarlos. Nos marchamos esa misma noche y caminamos por las montañas hasta Kabul. Muchas mujeres de este distrito han asido violadas por este hombre y su hermano. Es comandante de esta zona desde hace cuatro años y muchas familias se han marchado por su violencia, robos y muerte…” (Vidas rotas. Crímenes contra mujeres en situaciones de conflicto, 2004:11)

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Todas estas radiografías que giran en torno a las distintas formas de ejercer la violencia sobre las mujeres bien podrían encontrarse en los archivos de la BBC, o en la exposición fotográfica Mujeres, una mirada en positivo, realizada por el grupo de Amnistía Internacional de Elda-Petrer, en colaboración con la Asociación Fotográfica de Elda. Pero además estas son algunas de las imágenes que suelen aparecer al pensar en las formas en que se inscribe y se representa la violencia contra las mujeres.

Sin embargo, no sólo existe violencia cuando hay guerras, éxodos, abusos y control de la conducta sexual, presiones de la comunidad y prejuicios, pobreza, estigmatización y discriminación, también hay violencia cuando las mujeres son golpeadas, denigradas, menospreciadas, ocultadas y controladas por sus maridos, parejas o compañeros, o cuando sus voces son silenciadas en las comisarías, o cuando son abandonadas por la justicia, una vez obtenidas las medidas cautelares, o cuando deben trasladarse de sus hogares a refugios con sus hijos.


En estas páginas atenderemos, precisamente, a las vivencias de aquellas mujeres que sufrieron violencia no sólo por parte de sus esposos o parejas sino también cuando, guiadas por “el miedo paralizante”, “las amenazas”, “la humillación” y “la vergüenza”, producto de esa violencia, dejaron sus hogares y acudieron a comisarías, o a la justicia, o a curas de iglesia, o a salas de emergencia en hospitales, o a obras sociales privadas, o a Centros Integrales de la Mujer y/o a un refugio.

Pero al igual que la muchacha afgana, la maquiladora de Ciudad Juárez, la migrante brasileña, la aborigen wichí y las migrantes en Europa Occidental, las mujeres que sufrieron las amenazas, el control, el temor, la vergüenza y la humillación –por parte de sus parejas o esposos y, luego, de las instituciones–, tienen una historia de violencia que, si bien es silenciada, naturalizada y ocultada, puede y debe ser narrada.


Cuando en el año 2002 comencé a explorar temas etiquetados bajo el nombre genérico de “violencia” contra la mujer, me atraía la necesidad de comprender, ante lo que aparecía como una creciente ola de violencia contra la mujer en el hogar, las representaciones de la violencia en los discursos de los profesionales –asistentes sociales, abogados y psicólogos– del Centro Elvira Rawson, uno de los Centros Integrales de la Mujer del Gobierno de la Ciudad y la Dirección General de la Mujer. Mi interés por el tema surgió a partir del comentario de una mujer que había sufrido violencia y había estado en esa institución. Así fue como llegué al Centro Elvira Rawson, que fue la puerta de entrada al universo institucional de la problemática de la mujer que sufre violencia.

Las narrativas de los profesionales en torno a las representaciones de la violencia me condujo, tiempo después, a descubrir que la perspectiva institucional a través de la cual estos actores abordaban el tema se encontraba alejada de mi interés principal: el relato directo de aquellos actores que habían atravesado o estaban atravesando una situación de violencia. Por esta razón me dirigí al refugio Mariquita Sánchez, en el cual las mujeres no estaban de paso como en el Centro, sino que vivían en el mismo durante el tiempo necesario para iniciar su denuncia civil, u obtener las medidas cautelares, o superar el miedo que las había conducido a esconderse de sus parejas, o comenzar un tratamiento psicológico, o encontrar un nuevo hogar, o pensar en otro tipo de estrategias tales como volver a sus ciudades de origen junto a sus familiares. De allí me encaminé hacia las representaciones culturales de la violencia, puesto que me permitían sobrepasar la inmediatez de las incidencias empíricas para comprender las redes de sentido alrededor de los eventos de violencia. Desde entonces fue notorio que en las narrativas se anudaban percepciones, creencias, mandatos, valores, convicciones y emociones. Pero no sólo los términos emocionales atravesaban las historias; cuando las mujeres evocaban sus experiencias personales de violencia, una intensa angustia, tristeza y emoción las sobrecogía y nos envolvía. Aún en el caso de los sectores de menores ingresos, donde muchas veces se establecen estereotipos que permiten suponer la existencia de cierto “hábito” a la violencia cotidiana (Schepper-Hughes, 1997), era evidente la apremiante necesidad de encontrar explicaciones. Esto me condujo a plantear que el esfuerzo de las mujeres por dotar de sentido a sus experiencias dolorosas se expresaba en determinadas representaciones, mediante la elaboración de una multiplicidad de discursos a partir de los cuales ellas podían construir sus experiencias y trayectorias personales, las cuales comprendían tanto las situaciones de violencia vividas con sus maridos o parejas como aquellas que eran el resultado del pasaje por diversas instituciones, centros y refugios.

Las mujeres que aparecen en este trabajo debieron huir de sus hogares por la violencia que ejercían sobre ellas sus maridos, sus compañeros o sus parejas, la cual ponía en peligro sus vidas y las de sus hijos. En algunos casos, luego de transitar por comisarías y hospitales, llegaron al refugio Mariquita Sánchez, una institución y dependencia de la Dirección General de la Mujer del Gobierno de la Ciudad que, generalmente, pocas conocían, y donde residirían con sus hijos durante un tiempo. En otros casos, el reconocimiento de la violencia las condujo, primero, a sus obras sociales, o al cura de la iglesia, luego a los Centros Integrales de la Mujer y, por último, a trasladarse a un hotel o a la casa de algún amigo o familiar. Algunas de las mujeres llevaban 20 o más años de casadas, otras, en cambio, tan sólo un año. Varias eran oriundas de provincias Argentinas, otras de los países limítrofes.

Para llevar a cabo el trabajo adopté la estrategia de seleccionar casos de mujeres que sufrieron violencia, tomando como material de análisis los relatos de experiencias personales y el discurso institucional de los profesionales a cargo de uno de los Centros Integrales de la Mujer, el Centro Elvira Rawson, y del refugio Mariquita Sánchez. En el texto son tratados con detenimiento cuatro casos de mujeres que sufrieron violencia, mientras otros tantos contribuyen a ampliar su comprensión. La forma en que éstos fueron seleccionados y otros criterios técnicos se encuentran detallados al inicio del capítulo V, dedicado al análisis e interpretación de las representaciones de los actores en torno a la violencia. Los capítulos I y II contienen las discusiones teóricas que van a ser retomadas a lo largo del texto. En el capítulo I se apuntan algunos debates teóricos vinculados a los estudios de la mujer, del género y de la violencia. En el capítulo II se historiza el concepto de familia buscando demostrar la íntima articulación que existe entre la violencia y la familia. El capítulo III focaliza en la concepción jurídica de la mujer en la historia, analizando el lugar específico que le es otorgado en tanto su específica condición de mujer. Para ello se definió el contexto en el que surge la preocupación por la violencia contra la mujer, así como el sucesivo cuerpo de tratados, acuerdos, pactos y decretos con lo cuales se intentó determinar su especificidad. El capítulo IV describe de qué manera las medidas cautelares y el refugio pueden ser pensados en relación a un proyecto estatal que se propone ejercer tanto un control sobre los cuerpos de los individuos a través de su disciplinamiento, como un control del espacio que recae mayormente sobre la población y, en menor medida, sobre el individuo. El capítulo V, de cierre, apunta a lo que pueden ser las perspectivas de una antropología de la violencia, partiendo de las experiencias personales, las percepciones, las creencias, los valores, las prácticas, en una palabra, la trayectoria social de los actores.

Más aún, sostendré que las trayectorias de las mujeres, la cual comienza con el reconocimiento de la violencia por parte de los actores, pueden pensarse como un pasaje por tres fases que constituyen lo que Victor Turner denominó un drama social (1974). Abordar el tema desde este punto de vista supone, indudablemente, alejarse de las explicaciones meramente jurídicas o psicológicas que abundan en las cuestiones vinculadas a la violencia contra la mujer, y aportar un enfoque etnográfico, entendido a la manera de la antropóloga brasileña Mariza Peirano (1995), como una forma de análisis centrada en las variadas y cambiantes perspectivas de los actores, no para tomarlas como elemento explicativo sino para dar cuenta de ellas, relacionándolas con ciertos contextos que las hacen comprensibles.


Fuente: Artemisa Noticias-02-03-2007

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