Todo este tiempo hemos
creído que son organismos simples y sin sentimientos, pero las
investigaciones señalan que la vida de una planta puede ir mucho más
allá de lo evidente

 


En 1966, Backster, famoso técnico en la detección de mentiras a través
de un galvanómetro, tuvo el impulso de conectar sus electrodos a las
hojas de su dracena, y seguir su reacción ante el agua vertida sobre
sus raíces. Ante su asombro, la gráfica descendió describiendo una
línea sumamente dentada; ¿sería posible que la planta fuese capaz de
exteriorizar emociones?


La manera más eficiente para provocar en un ser humano una
reacción lo bastante fuerte como para que el galvanómetro salte, es
amenazarle con poner en peligro su bienestar. Esto fue precisamente lo
que decidió hacer Backster a la planta: introdujo una hoja de la
drácena en su taza de café caliente; el galvanómetro no registró nada,
reflexionó un momento y se le ocurrió una amenaza mayor, quemar la hoja
a la que había aplicado los electrodos. En el momento mismo en que lo
había pensado y antes de que marchase a buscar el fósforo, la gráfica
describió una prolongada línea ascendente. Backster no se había movido
ni hacia la planta ni hacia la grabadora, ¿sería posible que la drácena
estuviese leyendo su pensamiento?


Salió de la habitación y volvió con algunos fósforos,
observando entonces que la gráfica había registrado otro trazo brusco
hacia arriba, indudablemente causado por su determinación de llevar a
la práctica la amenaza que había pensado. Se dispuso a quemar la hoja.
Esta vez se marcó en la gráfica una reacción más baja. Cuando de hecho
comenzó a realizar los movimientos de intentar quemar las hojas, no
hubo reacción alguna. La planta parecía capaz de poder distinguir entre
un intento verdadero y otro simulado.


Backster comprobó además que cuando las plantas se veían
amenazadas irremediablemente, recurrían a la pérdida del “sentido”.
Así, su planta no reaccionaba ante ningún estímulo en presencia de un
amigo fisiológico, cuyo trabajo requería destruir plantas para obtener
su extracto seco.


La “memoria” de la planta

Para averiguar si las plantas poseían cierta forma de memoria,
iniciaron un plan según el cual Backster iba a intentar identificar al
asesino secreto de una planta. Seis estudiantes, con los ojos vendados,
fueron sacando papeles doblados de un sombrero, en uno de los cuales se
daban instrucciones para arrancar, pisotear y destruir completamente
una de las dos plantas que había en una habitación cercana. El
“asesino” tenía que cometer el crimen en secreto, sólo la otra planta
sería testigo.



Conectando la planta superviviente con un polígrafo y haciendo que
desfilasen los alumnos uno a uno ante ella, Backster logró identificar
al culpable, pues tan sólo en presencia de uno de los estudiantes la
planta describió en el polígrafo una curva frenética de movimiento;
después, el estudiante confirmó que él había sido el “asesino”.


En otra serie de observaciones, Backster notó que parecía
crearse una especie de comunión o vínculo de afinidad entre una planta
y su cuidador, cualquiera que fuese la distancia que los separara.
Llegó a esta apreciación mediante cronómetros y anotando todas sus
actividades durante el día, comprobando luego cómo la curva descrita
por el polígrafo coincidía con las diferentes emociones que vivió a lo
largo del día.


Vogel, un científico, inspirado en las experiencias de
Backster, dispuso tres hojas en la cabecera de su cama y todas las
mañanas, durante un minuto, exhortaba amorosamente a dos de ellas a
seguir viviendo, mientras que a la otra la ignoraba deliberadamente.


Después de una semana, esta última estaba marchita, y en
cambio las otras se mostraban lozanas. Otro día invitó a un psicólogo a
su casa; la planta de la habitación que tenía un polígrafo conectado,
tuvo una reacción instantánea e intensa y de repente se quedó como
muerta. Al preguntar Vogel al psicólogo qué era lo que había pensado,
éste le contestó que había comparado mentalmente al filolendro de Vogel
con uno que él tenía en casa, y pensó lo inferior que era el de Vogel
al suyo.



En forma evidente, tan cruelmente herida se mostró la planta de Vogel
“en sus sentimientos”, que se negó a reaccionar durante el resto del
día; de hecho, estuvo sombría y malhumorada casi dos semanas. No le
quedó duda de que las plantas podían tener aversión a los pensamientos
de los humanos.


Empatía con otros seres

Esto no sólo se comprobó con seres humanos; Backster pudo demostrar
cumplidamente a un grupo de estudiantes de la Universidad de Yale, que
los movimientos de una araña en la habitación en una planta que estaba
conectada con su equipo, podían originar cambios dramáticos en la
gráfica producida por la planta, por ejemplo, justo antes de que la
araña escapase de un intento humano de limitar sus movimientos.
“Parecía -comentaba Backster- como si la planta captase cada una de las
decisiones de huir de la araña, causando una reacción en la hoja”.


En cierta ocasión, Backster se cortó un dedo y se lo untó de
yodo; la planta que estaba siendo observada por medio del polígrafo,
reaccionó inmediatamente; al parecer, ante la muerte de algunas células
de su dedo.


En otra ocasión, apareció un rasgo especial cuando Backster se
preparaba para tomar una taza de yogur; aquello le extrañó y
desorientó, hasta que averiguó que había una sustancia química
protectora en el dulce en conserva que mezclaba con el yogur, la cual
estaba destruyendo algunos de sus bacilos vivos. También se explicó los
rasgos peculiares que se obtenían en la gráfica cuando se echaba agua
caliente al fregadero y se mataba a las bacterias que allí estaban.


Facultades mayores

“La facultad de sentir -asegura Backster- no parece acabar en el
nivel celular. Puede extenderse al molecular, al atómico y hasta al
subatómico. Concluyendo, todas las clases de seres que han sido
considerados convencionalmente inanimados, acaso necesiten una
reevaluación”


Estos experimentos fueron repetidos por numerosos
investigadores, y en ellos se determinó que las plantas tienen una
sensibilidad paralela a la de los seres humanos, que les permite
percibir sus sentimientos para con ellos y sus diferentes estados
emocionales, y aun reaccionar frente a éstos con una cierta autonomía.


Esta relación con los seres humanos es sólo una parte de su
comunicación con el Cosmos, pudiendo percibir los cambios estacionales
y el movimiento de los astros con toda claridad. Así Mairan, en 1720,
observó con sorpresa que la puesta del sol parecía ser la causa de que
la mimosa púdica plegase sus hojas, lo mismo que cuando las tocaba con
la mano.


Introdujo las mimosas en un armario y al observarlas al
mediodía, comprobó que sus hojas estaban completamente abiertas, pero
cuando se volvió a ocultar el sol, se cerraron igual que las del salón.
Es decir, las plantas sentían al sol aunque no lo viesen.





Información ofrecida por la Asociación Cultural Nueva Acrópolis – Málaga.


http://archivo.elnuevodiario.com.ni/2005/junio/03-junio-2005/mundo_oculto/mundo_oculto-20050601-03.html

http://controlve.blogspot.com/2006/03/las-plantas.html

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