Amar a los Animales
03-07-04,
Por Eduardo Lamazón *


Los hallazgos sobre el mapa
genético de las especies demuestran sin lugar a réplicas, que nuestro
patrimonio genético es idéntico al de los gorilas en un 97 por ciento,
y si esto es de suyo humillante… para los gorilas, claro…

La vida no es vida sino intenso dolor
para la mayoría de los animales sólo por haberles tocado en suerte
compartir el planeta y este tiempo con el hombre, su verdugo más cruel
y excesivo.

Los ‘animales no humanos’, hay que decir,
para expresarse con propiedad de ellos, seres maravillosos en los que
la naturaleza es perfección, pero tristemente indefensos ante el
individuo elemental, depredador incorregible.


Hay quienes afirman que lo que distingue
al ser humano de los otros animales es el raciocinio, pero es necesario
ponerlo en duda, viendo lo que aquel hace con su aparente ventaja, no
sólo en su relación con los seres inferiores que están a su merced,
sino con el uso inescrupuloso que le da en cada acto a su facultad de
entendimiento.

Apenas comprendiendo su ignorancia y
confusión puede explicarse la arrogancia insoportable del que pone su
derecho a la vida ciegamente por delante del derecho a la vida de otros
seres.

Si somos superiores, sólo esa condición
nos agrega un imperativo moral por el cual debemos rendir
justificaciones de nuestros actos. Sólo el hecho de que debamos decidir
cómo tratar a los animales, hace a nuestra relación con ellos
moralmente grave. Decía Shakespeare en ‘Hamlet’: "no hay nada bueno o
malo sino que el pensar así lo hace". Nosotros pensamos, no nuestro
perro, por lo que tenemos el privilegio y la carga de hacernos
responsables de la relación y el trato.

Pero nuestra relación con las bestias,
sin embargo, es la de las metáforas que las degradan. "Eres un
animal"… "Eres un burro"… ¿Por qué no "eres un hombre torpe", o
"eres una mujer egoísta"?

"Soy un miserable gusano" decía Friedrich
Nietzsche para autodefinirse, cuando lo devoraba la sífilis y expiaba
su remordimiento de filósofo porque se acostaba con su madre y con su
hermana. Había muchas culpas humanas en él, pero ¿qué culpa era del
gusano?

El siglo XX fue generoso y mezquino,
bálsamo y letal, ubérrimo para la ciencia y retrógrado para la
convivencia entre los hombres. Sobre su final mostró ¡por fin! una luz
de esperanza en el reconocimiento al derecho de los animales en las
sociedades civilizadas. Una luz, que quede claro, nada más que eso,
pero algo más que nada.

Los derechos del hombre en la Grecia
clásica eran los derechos del ciudadano varón y libre. Las mujeres y
los esclavos eran para la legislación tan poca cosa como hoy son
-continúan siendo- los animales en las comunidades rabonas e incultas.

Otras formas de discriminación, igual de
abyectas y vergonzantes ha visto la historia. Quemar al hereje en la
hoguera fue una conducta aceptada, hasta que un día la civilización
decidió que era inaceptable.

Todo es cuestión de tiempo. Llegará el
día en que el exterminio irracional de los animales no humanos de esta
época, en casi todas las sociedades, será un asunto que se exhibirá en
museos, a la mirada incrédula de los visitantes.


Tengo malas noticias para los orgullosos
"seres superiores" que en tono peyorativo llaman bestias a las bestias:
los hallazgos sobre el mapa genético de las especies demuestran sin
lugar a réplicas, que nuestro patrimonio genético es idéntico al de los
gorilas en un 97 por ciento, y si esto es de suyo humillante… para
los gorilas, claro, también se halló que el número de genes necesarios
para constituir un hombre es sólo el doble de los que tiene un gusano.

La vida es, aun para la ciencia, el más
grande de los milagros, lo que parece ignorar el hombre promedio de
todas las latitudes, porque la compromete cada vez que puede, arrasando
bosques y especies, contaminando el aire y el agua, y detonando nuevas
enfermedades. Es el hombre, entre todos los seres vivos, el único
dotado para la estulticia.

Konrad Lorenz, el etólogo austríaco, el
gran sabio del siglo pasado que en 1973 obtuvo el premio Nobel de
medicina, dijo: "el hombre siempre fue bastante estúpido, pero
últimamente noto un cambio… está peor". Es el mismo médico bondadoso
que amaba a los animales hasta la médula y que en otra ocasión afirmó:
"De sólo pensar que mi perro me quiere más que yo a él, siento
vergüenza".

Lord Byron escribió para la tumba de su
perro ‘Botswain’ este epitafio: "Aquí reposan los restos de un ser que
poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor
sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios".

Los animales, salvajes o domésticos, son,
a la luz de la inteligencia, nuestros compañeros de viaje. Su
sacrificio o sufrimiento inútiles son actos de inmoralidad y barbarie
degradantes para quien los provoca.

¿Por qué quererlos?

Una máxima filosófica simple dice que es correcto preferir un estado de cosas mejor a uno peor.

Pero detrás de esto, en términos
cotidianos, por respeto a nosotros mismos. Porque el cuidado de todas
las formas de vida nos hace más evolucionados. Porque lo expansivo es
primitivo y la inhibición es cultura. Por compasión, que la compasión
es una olvidada emoción elevada. Porque matar o hacer sufrir es
destrucción. Porque construir es participar como un Dios todopoderoso
del acto de la Creación. Porque el hombre útil o bueno o civilizado
vive de acuerdo con ciertos valores y no hay valores que justifiquen la
crueldad. Porque la inteligencia invita a vivir de tal manera que
nuestras acciones aporten a la felicidad y no al dolor que hay en el
mundo. Porque proveer a la vida y no a la muerte no puede ser una
antigualla, a menos que el mundo esté irremediablemente perdido. Porque
estoy seguro que entiende usted la diferencia entre la sensibilidad de
quien mata a un animal por placer, y la de quien goza escuchando la
Quinta Sinfonía de Beethoven.

Un amante de las corridas de toros me
dijo una vez que los toros de lidia no nacerían si no existiera esa
primitiva obscenidad que llaman fiesta, "porque son criados para la
muerte en la plaza" -me explicaba-, a lo que respondí que con su
criterio podríamos criar niños para que sean sacrificados frente a
cincuenta mil forajidos con boleto pagado.

Desde Platón sabemos que educar es formar
en la virtud. Piedad, compasión, amor por la vida de todos los seres,
respeto por la otredad, son conquistas del hombre morigerado, de buenas
costumbres, superior. Superior no de superar a los demás, sido de haber
sido capaz de mejorarse a sí mismo, de haberse alejado de aquella
pequeña cosa tan sin pulimento que era cuando nació.

¿Por qué dirán que con relación al hombre
los animales son una especie inferior? ¿Porque no tienen algunas
"virtudes" que adornan a los hombres? Sí, recuerdo algunas: el odio, la
maldad, la envidia, la venganza, el rencor, el engaño, la traición, la
soberbia.

Todos los animales, humanos y no humanos,
morimos cuando cesan nuestras funciones corporales. Los hombres
crueles, empero, mueren mucho antes, aunque ni lo noten.

* Por Eduardo Lamazón 

http://animales.ecoportal.net/content/view/full/31229


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