• Julia Hill, vivió 2 años en un árbol para salvar el bosque

"Aprendí de

primera mano

que todo está

interconectado"

ENTREVISTA DE VICTOR AMELA- LA CONTRA –
LA VANGUARDIA – BARCELONA
El
80 por ciento de los bosques han desaparecido. Me cuenta Julia que las
secuoyas, después de ser taladas, siguen sin rendirse. Si no las han
rociado con herbicidas o napalm –prácticas habituales–, brota de ellas
nueva vida. Las secuoyas han sido su símbolo y su guía. Julia trepó a
la copa de una de ellas, a la que llamó “Luna”, y permaneció alli dos
años para detener la deforestación de esos bosques. Allí arriba nada
fue sencillo: sufrió los azotes del huracán El Niño, con frío y
tormentas de viento y nieve que destrozaron su ínfima estructura y casi
acaban con ella. También padeció el acoso de helicópteros y el control
de guardas de seguridad que impedían que le llegasen víveres. “Ya bajará”,
decían, pero tuvieron que pactar. Julia se hizo a sí misma en ese árbol
y sabe transmitirlo en el libro que acaba de publicar: El legado de ‘Luna’ (RBA), y cuyos beneficios están destinados a proteger el medio ambiente.


Tengo 27 años. Nací en Missouri y estudié en casa hasta los 12 años.
Soy licenciada en Empresariales y me doctoré en Humanidades subida al
árbol donde viví de los 23 a los 25 años. Dirijo mi fundación, Cicle of Life. Soy muy espiritual.

– ¿Por qué se subió a un árbol?
–Hoy sé que he resistido dos años en un árbol porque mis padres me inculcaron que todos estamos llamados a hacer algo.

–Entonces cuénteme su infancia.
–Mi
padre era un predicador itinerante y sus tres hijos llamábamos casa a
una caravana. Éramos muy pobres. A los 22 años un accidente de coche me
dañó el cerebro y estuve un año haciendo terapia intensiva.

–¿Y eso la cambió?
–Sí,
el tiempo se volvió precioso. En cuanto me dieron el alta me fui de
viaje y descubrí el parque nacional de Grizzly Creek, en California, y
sus secuoyas gigantes.

–¿Qué ocurrió allí?
–Me
adentré en el bosque y por primera vez experimenté lo que significa de
verdad estar vivo. Entendí que yo formaba parte de aquello. Poco
después supe que la Pacific Lumber Maxxam Corporation estaba talando
esos bosques y mi confusión fue total.

–¿Y qué hizo?
–Rezar, pedir orientación sobre lo que debía hacer y lo tuve claro. Contacté con la asociación
Earth Firs, que hace sentadas en los árboles para impedir su tala. Así llegue a “Luna”, una secuoya milenaria de 60 metros.

–Que se convirtió en su hogar…
–Sí,
aunque la idea era estar sólo dos semanas, nadie llegó a sustituirme y
después de haber visto desde la copa de “Luna” la destrucción de aquel
bosque ya no pude bajar.

–¿Cómo era su vida allí arriba?
–Vivía
en una plataforma mínima cubierta por una lona. Tenía un pequeño
hornillo, un cubo con una bolsa hermética para hacer mis necesidades y
una esponja con la que recogía el agua de lluvia o nieve para lavarme.

–Duro.
–Para consolarme pensaba en las familias de Stanford que a causa de la tala del bosque se inundaron y se quedaron sin casa.

–Allí arriba supo lo que es el miedo.
–Sí, la Pacific Lumber comenzó a talar árboles a mi alrededor. Aparecieron helicópteros,
quemaron
los bosques durante seis días, el humo destrozó mis ojos y mi garganta,
y me llené de ampollas. Luego montaron guardias día y noche para que no
me pudieran suministrar comida. Acabe amargada, chillando, dando
golpes, al borde de la locura.

–¿Y?
–Sabía
que aquella furia me destruiría. Así que recé y medité. Debía hallar
dentro de mí el sentimiento de amor incondicional, inclusive hacia
aquellos que querían destruir.

–¿Lo consiguió?
–Intenté
establecer con el presidente de la compañía y con los leñadores una
relación personal y les baje una foto mía para que vieran que no era
una troglodita peluda.

–¿Y qué pasó?
–“¿De verdad eres así?… Entonces, ¿qué estas haciendo en un árbol?” Aquella conversación
rompió algunas barreras y dejaron de insultarme. Pero con el tiempo hasta Earth Firs se me puso en contra: no había pedido permiso a nadie para quedarme en “Luna”.

–¿Y qué ocurrió cuando llegó el invierno?
–Aguanieve,
granizo, viento huracanado y síntomas de congelación. Las tormentas
eran tan estruendosas y tenía tanto frío que no conseguía dormir y
empecé a derrumbarme. Sabía que iba a morir si continuaba allí.

–Pero no bajó.
–Estuve a punto, estaba desquiciada. Pero entonces me pareció oír la voz de “Luna” que me decía: “Julia, piensa en los árboles bajo la tormenta; jamás permanecen rígidos, se dejan mecer por el viento. Déjate llevar y sobrevivirás”.
Dejé que el viento me arrastrara por la plataforma, que todo a mi
alrededor se desgarrara. Relajé mis músculos, lloré y grité: “¡Llévate mi vida si quieres!”.

–¿Ya nada le importaba?
–Cuando
cesó la tormenta me di cuenta de que al desprenderme de todo apego,
incluido el apego a mí misma, nadie tenía ya poder sobre mí. No iba a
volver a vivir con miedo.

–Toda una transformación.
–La
transformación sólo se produce cuando podemos encarar nuestros apegos y
nuestros miedos. Hay que quedarse quieto y escuchar, mirar hacia la
oscuridad interior.

–Y pasó un año…
–Y aprendí a conocer a “Luna”, iba sin arnés y descalza; me movía por el árbol con soltura.
Conocía cada insecto y cada rincón.

–¿Cuál fue el momento más mágico?
–Al
alcanzar la cima de “Luna” me puse de pie y estiré los brazos hacia el
cielo. La fuerza del árbol me atravesaba. Estaba en un equilibrio
perfecto, era una con la creación.

–¿Y cuándo apareció la prensa?
–A los seis meses de mi sentadame convertí en un personaje público.Venían a hacerme
entrevistas al árbol y me visitaron todo tipo de celebridades. Era abrumador.

–¿Y qué hizo?
–Ayunar y rezar. Cuando uno purifica su cuerpo también limpia su mente. Dio resultado.
Apareció
un activista forestal que me ayudó a organizar la oficina de prensa. El
árbol se llenó de tecnología y llegué hasta a hablar en directo con el
Senado.

–¿El universo siempre le envía lo que pide?
–No siempre nos envía lo que queremos, pero si lo que necesitamos, y a veces algo más para que vayamos haciéndonos fuertes.

–Resistió negociaciones muy duras.
–Procuré comportarme sin apego a lo que estaba llevando a cabo; si no, los vaivenes de las emociones me habrían agotado.

–Cuéntenos el gran secreto…
–Aprendí
de primera mano que todo está interconectado, desde los organismos de
la suelo que llevan los nutrientes a “Luna” hasta las estrellas a
millones de años luz, y todo lo que hay entre ambos extremos.

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VER:

Una mariposa en los árboles de secuoya…

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