· Relato de Cándida Conesa

Solo por las mañanas te llevaré flores

Hay una mujer desnuda, sentada a la puerta de una casa.

Tiende el cuerpo y los cabellos al aire.

Se
ha sentado en la silla pequeñita, la de anea, en la que dio de mamar a
sus hijos y luego acunó a sus nietos. Lo ha hecho igual que antaño lo
hiciera en las tardes de abril, cuando el frío cede. Pero hoy es
diferente, no hay prisa. Como si el tiempo se hubiera detenido. Al
menos ese tiempo de las obligaciones, el que los otros imponen.

Verá atardecer y la tarde la verá a ella. Su cuerpo increíblemente blanco.

El sol se pone tras la línea de montañas que rompen y dan profundidad a la llanura que tiene frente a sí.

Esta casa, que construyó su abuelo y heredó su madre, está donde el pueblo termina.

Nada
a los lados; nada detrás, y enfrente la llanura; y esa línea de
montañas entre amoratadas y grises en las primeras horas del amanecer,
cuando el sol todavía no las ilumina. Azul lejano, ahora, en esta tarde
de abril, quieta, calma, sin prisa.

Nada la espera; nadie la apremia; nada ni nadie que la obligue a moverse de su silla.

“¿Cuántos años hace que no se sienta así a ver las nubes teñirse de rojos, malvas y colores que no sabe nombrar?” –se pregunta. Ni lo recuerda

“¿O
sí? Claro que lo recuerda. Desde que era una adolescente; cuando su
padre volvía del campo y junto a su madre lo esperaban cosiendo, donde
ella se encuentra ahora, en esta misma sillita que su abuelo le hizo.


El padre cansado, con movimientos lentos en los dedos; el tabaco, el papel.

La
madre que recoge la costura, que enciende el fogón y mientras el olor a
leña los envuelve, su padre extiende la mano y señala: Detrás del
último pico de la sierra está Villarquemado, mi pueblo; y, en el otro
extremo, aquella punta que se asoma es la torre de Las Lomas; y esa
manchita blanca en mitad de los campos… sin terminar, mirando al
cielo: Estas nubes son de aire.


El olor a
tabaco, a aceite, a oliva y pan frito. Otras veces se queda unos
segundos mirándola con ternura, antes de volver los ojos hacia la
sierra. Allí, sobre la línea de las diminutas montañas, unos largos
dedos empastados en óleos rojos y morados han estriado las nubes de
derecha a izquierda.”

La mujer se casó a los diecisiete
años y, a pesar de que siguió viviendo en esta casa, ya nunca vio
atardecer en abril, cuando la tierra está más jugosa; tardes fresquitas
de abril, porque el sol todavía no ha calentado la meseta, porque los
trigos están verdes; allí frente a ella, frente a su casa.

No
volvió a sentarse a la puerta. Porque a él, a su marido, no le gustaba.
Porque por aquel camino, lejano, pasaban los carreteros cuando volvían
de faenar. Porque no era propio de mujeres decentes –decía.

No hay prisa; ninguna.

Es
abril. Luego llegará mayo con sus aromas y cuando el verano se adueñe
de los trigales y una sábana amarilla cubra la tierra hasta el límite
de las montañas, saldrá algo más tarde, y seguirá viendo atardecer bajo
la sombra del emparrado, la silla en el umbral a la fresquita del
interior de la casa.

Al cementerio, irá por las mañanas.

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