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Si nosotras callamos, gritarán las piedras

Lola Mora- Radio Nederland Wereldomroep

04-12-2007

"Nuestros cuerpos han sido campos de batalla en
los que se han librado estas luchas patriarcales desde siempre y no
hemos sido reconocidas, ni los crímenes contra nosotras, ni nosotras
como víctimas de crímenes internacionales".

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Escuche el capítulo I de la serie Desafiando el silencio

El control de los recursos naturales, las ambiciones expansionistas o
los conflictos fronterizos, están detrás de las guerras que han marcado
la historia. Con el paso de los siglos, las armas se han ido
sofisticando. Las espadas han dado paso a las bombas, los caballos a
tanques y aviones… Pero algo continúa repitiéndose a lo largo de la
historia: las mujeres son objetivo y rehenes en guerras decididas por
hombres. La discriminación y la violencia contra la mujer antes,
durante y después de los conflictos es un continuum en la historia. La
movilización de las mujeres contra esa violencia también lo es.

Uno de los mayores logros de esta lucha es el reconocimiento de la
violencia sexual como crimen de guerra, de lesa humanidad y de
genocidio. "La ICC es la primera Corte penal internacional
independiente y permanente. Y la violencia de género juega un papel
importante en lo que hacemos", ha declarado Fatou Bensouda, ayudante
del fiscal en la oficina de la división de acusación de la Corte Penal
Internacional, con sede en la ciudad holandesa de La Haya.

Las mujeres llevan siglos luchando contra una discriminación
constante. Luchas abiertas para ver reconocidos sus derechos en el seno
de la política, la sociedad, la Ley o la familia. Un ejemplo clásico de
movimiento organizado de mujeres a favor de la participación en la
gestión pública, se refleja en la comedia Lisístrata, escrita por
Aristófanes en el año 411 a.c. en la Antigua Grecia. Una obra de teatro
que hoy continúa en los escenarios en muchos países.

"Oscuro. La escena ahora, los alrededores de la ciudadela. Se oye un
griterío ensordecedor. Aparecen los ancianos con haces de leña para
expulsar a las invasoras al tiempo que las mujeres se preparan para
defenderse. En la última guerra sobrellevábamos pacientemente todo lo
que los hombres hacíais porque no nos permitíais abrir la boca.
Vuestros proyectos no eran muy agradables, que digamos, y nosotras los
conocíamos, porque, más de una vez vimos cómo tomabais alocadas
decisiones en los asuntos más graves. Y disimulando con una sonrisa,
nuestra zozobra, os preguntábamos: ¿Qué habéis resuelto en la Asamblea,
a favor de la paz? ¿Qué te importa- decía mi marido- Cállate". Y yo
callaba." (Lisístrata, escena II).

Millones de mujeres a lo largo de la historia han decidido no
callarse. En Centroamérica, Elisabeth Odio Benito, comenzó su labor
como jurista luchando por la igualdad de las mujeres en su país, Costa
Rica. Una lucha que hoy mantiene como jueza de la Corte Penal
Internacional, desde la sede en la ciudad holandesa de La Haya.

En palabras de Elisabeth Odio Benito, "Es un problema político, de
quién ejerce el poder, cómo lo ejerce y contra quienes lo ejerce. Allí,
juegan un papel muy importante todo lo que tiene que ver con la
educación, con la cultura, con la religión… que marca el papel
tradicionalmente asignado a la mujer, en las familias y en la sociedad.
Al colocársenos en una posición instrumental frente a los valores del
patriarcado, se le otorga al hombre, una posición de dominio sobre la
mujer".

De América a África. La lucha por la igualdad y la participación de las
mujeres no cesa. Isidore Kabongo, director de programación de Radio
Televisión Nacional de la República Democrática de Congo, afirma que
rechazar la paridad es un reflejo físico para el hombre: "No solo es el
miedo a la competencia, es el miedo a que se cuestione nuestro rol. Y
es por eso que les daremos flores, o coches pero no poder. Aunque luego
el hombre vaya a casa y pregunte a la mujer; ¿cariño que hacemos con
este problema? La mujer ya tiene un poder real aquí pero el hombre no
le va a dejar que tenga un poco más. Mientras esto no cambie la
sociedad no se desarrollará armónicamente, eso es seguro"

En 1789 Francia se revuelve contra la monarquía absoluta y da a luz un
nuevo modelo de Estado: el de los ciudadanos. Sin embargo, la aplaudida
declaración de los derechos del hombre y del ciudadano deja fuera a las
mujeres. La escritora Olimpia de Gouges, hija de la Revolución
francesa, lo describía con las siguientes palabras:"Mujer, despierta;
el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus
derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar
rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha
de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación.
El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las
tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha sido
injusto con su compañera. ; ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuando dejaréis de
estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un
desprecio más marcado, un desdén más visible. […] Cualesquiera sean
los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con
desearlo".

Los compañeros de Revolución de Olimpia de Gouges castigaron la
osadía de la autora de "los Derechos de la mujer y de la ciudadana",
enviándola a la guillotina.

Entre 1939 y 1945 más de 60 países, repartidos en dos bandos,
participaron en el mayor conflicto armado de la historia: la Segunda
Guerra Mundial. Una guerra que acabó con la vida del 2% de la población
mundial; la mayoría civiles. Los combates por tierra, mar y aire
mostraron una dimensión nunca vista. Las violaciones de los derechos
humanos también. "Tanto en la Primera como en la Segunda Guerras
Mundiales, se cometieron violaciones en masa contra mujeres de todos
los países, cometidas por todos los ejércitos que tomaron parte en
ambos conflictos", explica Elisabeth Odio.

Desde 1930 hasta el final de la II Guerra Mundial, se calcula que el
ejército imperial japonés raptó, violó y torturó sistemáticamente a
unas 200.000 mujeres. Se las conoce eufemísticamente como "mujeres
confort", porque así se llamaban los campos de violación donde los
soldados obtenían consuelo tras la batalla.

Los años pasan y la justicia no llega. La mayoría de estas mujeres
ha muerto. Las que quedan con vida, superan los 80 años. Pero el tiempo
no les impide seguir luchando. Sus exigencias siguen sin ser atendidas:
que Japón emita una disculpa oficial y reconozca el daño causado.

"En los Tribunales de Nuremberg y Tokio, con los cuales se inicia,
digamos, la Justicia Penal Internacional, no se consideraron los
crímenes. Uno no encuentra, leyendo las actas o las sentencias, no
encuentra realmente una tipificación de los crímenes de violencia
sexual cometidos contra las mujeres", continúa la jueza de la Corte
Penal Internacional, Elisabeth Odio Benito.

Dos conflictos marcan a fuego los años 90 y sientan las bases para
una Justicia Penal Internacional permanente. Los europeos asisten en
1992 al estallido de una guerra en la federación de Yugoslavia. Los
procesos de escisión de varias regiones resucitan en Belgrado el sueño
de una Gran Nación Serbia. Un sueño que rápidamente se transforma en
una pesadilla de depuración étnica. La violencia sexual contra las
mujeres y su capacidad reproductora, se convierte en una estrategia de
guerra para los paramilitares serbios.
En abril de 1994 el corazón de África se tiñó de sangre. El asesinato
del presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, desencadenó un genocidio
que, en tan solo 100 días, dejó entre 500.000 y un millón de muertos.
Unas 250.000 mujeres fueron violadas.

Tras la guerra de la Ex Yugoslavia y el genocidio en Ruanda,
Naciones Unidas creó dos tribunales penales internacionales ad-hoc para
juzgar los crímenes. Los estatutos de los dos tribunales, redactados
por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, no calificaron la
violencia sexual como un crimen específico, pero aún así se dieron
avances. Elisabeth Odio fue una de las juezas que contribuyó a ellos:
"Es a través de la labor de la jurisprudencia de ambas cortes enque los
crímenes comienzan a ser puestos en la dimensión correcta de ser un
crimen internacional".

En la República Democrática de Congo, en conflicto desde el año
1996, la violación y la esclavitud sexual han sido y son denunciadas
por organizaciones de derechos humanos. Sólo en el este del país se
habla de más de 40.000 mujeres violadas en las guerras ocurridas entre
1998 y 2003. Allí arranca la denuncia internacional de los crímenes.

En el este del país vive una de las fundadoras del Caucus de Mujeres
por la Paz, Zita Kavungirwa, quien se ha visto obligada a trabajar en
ocasiones desde la clandestinidad. "Los hombres deciden la guerra de la
que somos víctimas nosotras después, así que tenemos que llegar a la
instancia en la que se decide esa guerra para participar en esas
decisiones y evitarlas. Porque cuando hay una guerra todos los hombres
huyen, se van al frente y son las mujeres las que se quedan solas y
sufren. Lo que decimos a las mujeres es que nosotras tenemos que estar
allá arriba para tomar nuestro derecho de réplica y ellas deben unirse
a nosotras", manifiesta Kavungirwa.

Los grupos armados presentes en el Este de la Republica Democrática
Congo utilizan de forma sistemática la violación y la esclavitud sexual
contra mujeres y menores. Zita Kavungirwa lo explica así: "El enemigo
violaba, no por placer sexual ya que a veces lo hacía con sus armas y
no con su sexo; era una forma de
tocar y herir el alma misma de la población congoleña. La mujer es la
guardiana de los valores, la figura principal de la familia y si las
herimos a ellas es algo muy grave. Nos dimos cuenta, además, que antes
se violaba a una mujer en la oscuridad, en lugares apartados; durante
las guerras esas violaciones se cometían delante de las familias. A
veces los soldados obligaban a los padres a violar a sus hijas…. era
demasiado para las mujeres, y al principio ellas callaban; pero más
tarde era todo tan grave y de dimensiones tan enormes que las mujeres
se dieron cuenta que debían hablar".

En julio de 2002, más de 60 países ratifican el primer documento que
reconoce los crímenes de violencia sexual: es el Estatuto de Roma, que
crea la Corte Penal Internacional, con sede en los Países Bajos. El
primer tribunal penal internacional y permanente marca un hito
histórico: por primera vez, bajo el marco del derecho internacional
humanitario, se reconoce que la violación y otras formas de violencia
sexual y de género son crímenes equiparables al homicidio, la tortura,
los tratos crueles, la mutilación y la esclavitud.

Violación, esclavitud sexual, embarazo forzado, prostitución
forzada, esterilización forzada y otros abusos sexuales de gravedad
comparable: son los crímenes que reconoce el estatuto de Roma. Este
avance es fruto de la incansable lucha de mujeres de todo el mundo,
reunidas en el Caucus por la Justicia de Género. Juristas, feministas y
activistas de derechos humanos lucharon para que el Estatuto de Roma no
volviera a olvidar a millones de víctimas de crímenes sexuales a las
que la historia les ha dado la espalda.

Una de las mujeres que han luchado de forma incansable es la jueza
Elisabeth Odio Benito: "Creo que hay una inmensa deuda histórica con
las mujeres. Una deuda histórica que recién ahora comienza a
subsanarse, pero que sigue estando ahí".

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