“La felicidad perfecta es

la ausencia de su búsqueda.”


Chuang-Tse

“Estoy leyendo una novela de Luise Erdrich.

A cierta altura, un bisabuelo encuentra a su bisnieto.

El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color del agua) y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recién nacido. El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria.

He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero.”


de Eduardo Galeano
en El libro de los Abrazos

   


https://i0.wp.com/farm4.static.flickr.com/3217/2707673937_249eaf5ee0_m.jpgLas hormigas

Tracey Hill era una niña de un pueblo de Connecticut,
y practicaba entretenimientos propios de su edad,
como cualquier otro tierno angelito de Dios en el estado de Connecticut
o en cualquier otro lugar de este planeta.
Un día, junto a sus compañeritos de la escuela,
Tracey se puso a echar fósforos encendidos
en un hormiguero.
Todos disfrutaron mucho de este sano esparcimiento infantil;
pero a Tracey la impresionó algo que los demás no vieron,
o hicieron como que no veían,
pero que a ella la paralizó y le dejó,
para siempre, una señal en la memoria:
ante el fuego, ante el peligro, las
hormigas se separaban en parejas,
y de a dos, bien juntas, bien
pegaditas, esperaban la muerte.  

Eduardo Galeano