Vértigo: velocidad y consumismo en la época de los amores de usar y tirar.

Me permito transcribir este artículo muy interesante y por lo tanto  actual, que nos  puede ayudar a todos a una serena, profunda y madura reflexión personal.Quisiera añadir que las inquietudes de Oscar Trujillo, comulgan con lo que pregona también en sus artículos el teólogo brasilero LEONARDO BOFF, respecto a la necesidad de encontrar la manera de construir una sociedad alternativa, más humana, más relantizada, donde se de más importancia a los valores personales , se tenga en cuenta la situación de los más desfavorecidos y se respete a la vez el planeta y todo el ecosistema.
Bien Oscar, un abrazo
GUSQUI TEOFILO

10/12/2008

Vértigo: velocidad y consumismo en la época de los amores de usar y tirar.

Por Oscar Trujillo.

Me gustas: nos acostamos, te conozco, nos separamos, nos odiamos. Quizás he exagerado un poco en la síntesis, pero es la historia de una amor promedio cualquiera en la era del vértigo. La vida pasa rauda, las emociones se suceden a un ritmo súper sónico, demencial, y hacemos hasta lo imposible por no dejar que decaiga el nivel de euforia. La simple posibilidad de quietud, de encontrarnos a solas nos aterra.
Queremos el amor, queremos el equilibrio, queremos la dicha, la perfección, el placer total, una vida infalible y sin contratiempos. ¡Y la queremos ya!, sin dilaciones, sin espera y sin que implique mayor esfuerzo. Con indiferencia de que la mayoría de las veces, nosotros mismos aún no estemos preparados para responsabilidades tan altas, y haya tanto que curar en nuestro interior antes, para poder ofrecer después, al menos, algo de valor a los demás.

Pero este vértigo no es sólo exclusividad de las relaciones sentimentales, es un reflejo de la era en que vivimos; Zigmunt Bauman en (“vida líquida” Ed. Paidos, 2005) ya nos da unas claves que retratan con exactitud los principios que rigen estos tiempos vertiginosos que habitamos: “ la sociedad moderna líquida es aquélla en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas” Esto explicado en términos “agropecuarios” Y en la vida cotidiana es algo así como: yo me compro un computador que es la última maravilla de la informática por mil trescientos euros, y tres años después se estropea, y el técnico me dice que en lugar de arreglarlo me sale más barato comprar otro, porque en 36 meses ya han salido 7 versiones diferentes de la misma marca, más modernas, con mejores prestaciones y que mi equipo, con todo respeto, ya está “desfasado” no tiene acceso a las últimas aplicaciones de moda. Para colmo ya no se consiguen fácilmente conectores ni baterías de repuesto para el modelo que tengo, supongo que por ser ya muy “antiguo” (…)

Lo mismo sucede con los carros, te van cambiando el modelo cada año, le incluyen más accesorios, le cambian el alerón, los retrovisores, los faros, y en menos de cinco años ya han sacado la versión nueva del mismo modelo, que no se parece en absoluto al carro que uno tiene, y que con sólo un lustro, ya ha perdido casi todo su valor comercial. Para obligarnos a “actualizarnos” y no perder el “tren de la modernidad”. Mire su armario; con chaquetas, blusas costosísimas, camisas bonitas, en su momento (hace dos años) y de buena calidad, colgadas en el último rincón, ropa que siempre hacemos a un lado cuando nos vamos a vestir porque: el estampado, los cuadros, las rayas o “X” material ya esta “desfasado”, 24 meses después, ya no se usa. Diez posturas, cinco lavadas… y al último rincón del armario. O lo que es lo mismo casi 90.000 pesos tirados a la basura por una camisa intacta muerta en vida. La sociedad devoradora de cosas endiosa el desperdicio, el exceso y la futilidad.

Así mismo nos van cambiando los íconos, los modelos a seguir, las tendencias artísticas con una velocidad sideral. Cuando aún no han dejado de promocionar y vender la infinidad de artículos de marketing de la última película para niños de Disney, Pixar o “Dreamworks”, ya está la otra presionando en cartelera para que el marketing de la misma inunde el mundo entero; perfectamente sincronizado con los restaurantes de comidas rápidas, los creadores de videojuegos, comics, camisetas, gorras y demás parafernalia mercantil asociada a un producto de éxito. La moda, los gustos, las tendencias, la estética, las novedades arquitectónicas, literarias etcétera, cambian a un ritmo y manera imposible de seguir, asumir, y reemplazar para la inmensa mayoría de las personas que habitan este mundo, que aún así, se dejan la vida intentándolo. La voracidad consumista que hemos desarrollado no tiene límites.

De forma paradójica, antes que acercarnos a la felicidad, esta dinámica frenética lo único que consigue es causar más estrés, depresión y decepción al comprobar que nunca es suficiente, nunca alcanzamos a estar realmente “in”; que cuando ya creemos lograrlo, nos cambian las reglas, nos cambian los patrones, y la industria de la felicidad de oropel nos escupe su último catalogo con mil modelos más nuevos y sofisticados, que pasan a ocupar el lugar de objetivos de lo que ya tenemos, que obviamente ya se habrá convertido en “out”

Me viene bastante oportuna esta reflexión de Paul Valery: “ya no toleramos nada que dure. Ya no sabemos cómo hacer para lograr que el aburrimiento de fruto. Entonces todo el tema se reduce a esta pregunta: ¿La mente humana puede dominar lo que la mente humana ha creado?”… Me temo, “monsieur” Valery que de momento se nos ha salido de las manos. Si es que alguna vez lo hemos tenido controlado.

Es evidente que inmersos en esta vorágine de sensaciones, de estímulos que nos bombardean por todos lados y de los cuales (muy a nuestro pesar) no podemos abstraernos del todo, estamos metidos hasta el cuello en la mierda de obligaciones que el poder en la sombra (las multinacionales) nos cuelan por todas las rendijas. Si queremos un trabajo decente, tenemos que entrar en el juego: aparentar, llevar el “disfraz” que exijan en nuestra oficina, o compañía: “ser dóciles”, mantener “un nivel” aunque nos sintamos repugnantes de hacerlo, de ser y vivir así.

Sin embargo salvo que seamos futbolistas de élite, artistas consagrados, políticos corruptos o narcotraficantes, que pueden vivir eternamente sin trabajar un solo dia más de su vida con lo que ya tienen; la “gente normal” tiene que laborar en oficios y profesiones para las que ha estudiado y se ha preparado, (o en cualquier sitio donde le paguen un sueldo digno aunque no sea su profesión) y casi siempre, haciendo de tripas corazón, termina entrando en “el sistema” aunque haya sido rebelde contra el “establishment”, y “echado piedra” en su época estudiantil, y se tape la nariz cuando contempla lo que tiene que hacer para ganarse el pan.

En una época de pauperización, temporalidad y fugacidad de los trabajos, gracias a las salvajes reformas laborales neo liberales, las relaciones humanas, de pareja o familiares no escapan a este voraz torbellino de velocidad: reemplazar antes que curar. Incapaces de separarnos de los designios y presión de una sociedad risueña y perfecta que se anuncia en las series de televisión, películas, revistas y publicidad que agobia por todos los flancos, buscamos de manera desesperada la horma ideal para nuestras frustraciones en forma de posibles amigos perfectos, amantes 5 estrellas, y amores interinos bajo prueba constante, con mínimo margen de error. Huimos a la primera dificultad, tiramos la toalla y nos marchamos heridos de ver que alguien nos devuelve ante el espejo una imagen tan imperfecta y caprichosa como la nuestra.

Nadie soporta a nadie, y nadie quiere hacer sacrificios o concesiones. Los matrimonios duran en el mejor de los casos un promedio de cinco años, más galvanizados y sostenidos por los hijos y las deudas en común, que por un amor que valga la pena. Idealizamos con desesperación y mucha ansiedad cualquier espejismo bienintencionado, que medio quepa en nuestras necesidades estéticas, que “parezca sintonizar”, y que pueda encajar en la pasarela emocional de los sueños consumistas sentimentales, que de forma expresa o subliminal, nos han sido bombardeados desde niños. Perdemos la perspectiva de nuestras limitaciones y verdaderas necesidades, y jugamos a enamorarnos sin siquiera conocernos antes, tan urgidos, tan desbocados, que como es apenas lógico, el resultado es bastante predecible.

Y cuando aún nos retorcemos de dolor por la decepción, sin siquiera tomarnos tiempo para curarnos y meditar al respecto; ya tenemos dos ilusiones nuevas en remojo, en la mira, para no tener que quedarnos solos, para no tener que enfrentar las carencias y aceptar que aún no hemos madurado lo suficiente, entre otras cosas, por estar sentados siempre ante un computador, o jugando con una consola, hibernando ante la pantalla del televisor, o dejando media vida (literal) en una empresa explotadora que odiamos, y donde permanecemos tan sólo para ganar más dinero, que nos permita comprar mejor ropa, cosas, un carro más nuevo y ultra modernos electrodomésticos. Tenemos trabajo, (cada vez más precario) tenemos muchas cosas, demasiados objetos adornando nuestra vida, pero todo sucede tan rápido que no nos queda tiempo de saborearlo, de digerirlo, ni de acomodarnos en una existencia con verdadero valor.

Italo Calvino en (“Las ciudades invisibles” Ed. Siruela, 1998) nos pinta una inquietante fábula en Eutropia, una ciudad cuyos habitantes en cuanto se sienten presa del hastío y ya no puede soportar su trabajo ni a sus parientes, ni su casa ni su vida, “se mudan a la ciudad siguiente” donde cada uno conseguirá un nuevo empleo, y una esposa distinta, verá otro paisaje al abrir la ventana, y dedicará el tiempo a pasatiempos, amigos y chismes distintos” Sin duda al paso que vamos, no tardaran en empezarnos a ofrecer algo parecido en agencias de viajes, condominios caribeños, planes de pensiones o de seguros de vida para ejecutivos con dinero y “yuppies” deprimidos.

Hoy ya no importa tanto ser personas admiradas por nuestro arte, oficio o cualidades: queremos tener plata y ser famosos a cualquier precio, y a la mayor brevedad. Entendiéndose por “famoso” alguien que es conocido por ser una persona muy conocida, sin más, con indiferencia del valor que tenga como ser humano, y aunque esa “fama” sea producto de una estafa, de una venta o revelación de intimidades eróticas ante un  despecho por una ex amante que nos abandonó, o simplemente por haber salido en un “reality show” de los que copan la parrilla televisiva con los más altos índices de audiencia y acogida.

No tenemos paciencia, no tenemos vocación, capacidad de sufrimiento, no tenemos ningún apego por la disciplina, el rigor y evadimos cualquier esfuerzo por  mejorar como seres humanos que esté fundamentado a medio o largo plazo, o que implique esfuerzo. Queremos satisfacción, queremos placer intenso, queremos euforia constante y no podemos esperar ni un minuto más. Por eso siempre estamos tentados a tomar el atajo, el camino más corto, el pasaporte directo a la fama.

Al marketing lo mueve y lo mantiene la estimulación de los deseos espontáneos de la gente… la velocidad, la sobre exposición, mantener la excitación latente, en el límite pero sin colmarla del todo, para que siempre queramos más, para que la rueda nunca pare. Los valores sólidos, los gustos fieles no son bien vistos por este monstruo consumista que todo lo devora. Hay que hacer apología a las pasiones más bajas, al egoísmo más radical: “quiero mi placer y lo quiero ya…por que yo lo valgo”. Hay que cohonestar la individualidad más extrema, y venderle al cliente que todos los seres humanos tenemos el “derecho” de adquirir esa felicidad empaquetada y modificada cada seis meses, tenemos “el derecho” a tener la ultima consola de Sony, zapatillas de Nike, o el último Teléfono de cuarta generación Nokia, aunque el que guardamos en el bolsillo funcione perfectamente y lo hayamos cambiado tan sólo hace un año.

Nosé a donde irá a parar todo esto, sólo digo que tiene mala pinta. El “desplome” económico mundial es una evidencia de que hemos estado viviendo con el agua al cuello, por encima de nuestras posibilidades, y presionados por grupos económicos cuya solvencia era humo, estaba cimentada en la probable regularidad, fidelidad y enajenación para mantener nuestro consumo. Se vendía humo, se compraba humo y sólo unos pocos se embolsaban el dinero real. Se creaban diez mil necesidades estúpidas, y se cambiaban dos o tres veces al año. No podemos seguir produciendo a un ritmo tan demencial, somos ya demasiados seres humanos en este castigado planeta, y queda apenas nada que destruir y saquear.
Los abismos entre los pocos privilegiados y los que no entran en el engranaje de los posibles clientes, no para de crecer, este modelo ha colapsado, tendremos que cambiar nuestros hábitos, tendremos que replantear lo que significaba progreso, civilización, desarrollo…tendremos que aprender a vivir con menos, esto no es progreso, ni es libertad ni es nada.

Del mismo modo, habrá que mirar nuestras relaciones con los demás con más calma, recordar que el amor no es un sentimiento lineal cuya cotización en bolsa suba de forma gradual y a la par con nuestra preparación intelectual, profesional o el dinero o éxito que creamos tener. El amor verdadero no tiene época para llegar, no avisa, y no tiene por qué aparecer necesariamente en la primera parte de la vida. Hay que ir despacio, probando disfrutando, e intentando conocernos antes de depositar todos nuestros ahorros emocionales en alguien. Hay que aprender a disfrutar de la incertidumbre, hay que volver a valorar el esfuerzo y la paciencia como virtudes, antes que como asquerosos impedimentos que nos impiden disfrutar de un hedonismo radical en constante celo; hay que desligarnos en nuestra vida íntima de la orgía de presión inmediatista y destructiva que nos asalta por todos lados.

Este mundo nos lleva al límite, nos lleva a toda máquina recalentada, y el vértigo, la exagerada velocidad no nos permite ver el paisaje, las sombras se suceden informes, y la vida se va llenando de lagunas, de evasiones, de espacios sin habitar, de frustraciones enquistadas, maquilladas en medio de una aparente abundancia hipotecada. Hay que ser muy estrecho de miras (o tener muchos intereses económicos en juego) para no  considerar que el modelo que traemos, ha fracasado, y que debemos emprender un nuevo camino donde las cosas, los afectos, y las personas que nos importan duren más.

¿Estaría usted dispuesto a trabajar menos, vivir más, y hacerlo con la mitad de lo que gana, con la mitad de las cosas que tiene?

Oscar Trujillo.
oscartruma72@hotmail.com

Publicado en http://gusqui.blogspot.com

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