Israel
lanza una bomba de racimo, explotando en el aire.  (Foto: AFP).



06-01-2009

Qué bello es matar, qué justo es morir

“Entonces
Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de
Yahvé. Y arrasó aquellas ciudades y toda la redonda con todos los
habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo. La mujer de Lot
miró hacia atrás y se volvió poste de sal”.

Génesis 19, 23-26.

La ira de Dios no es sólo justa sino bella, y su belleza misma revela y
proclama su justicia superior. ¿Cómo no sucumbir ante este
extraordinario cuadro de El Bosco pintado por la aviación israelí? Los
cuerpos y las casas que hay debajo, ¿no son derribados precisamente por
la hermosura de este fogonazo divino, de este deslumbrante surtidor de
luz? Los que no mueren, los que resisten, los que maldicen entre las
ruinas, ¿no son por eso mismo culpables y reclaman con su supervivencia
misma una nueva eyaculación de azufre y fuego?

Los más viejos
atavismos religiosos se apoyan en los más modernos medios de
destrucción. Más allá o más acá de las manipulaciones y las mentiras,
nos inclinamos fascinados ante la brutalidad israelí porque es brutal y
procede del cielo; admiramos su fuerza y no su causa, y es precisamente
la verticalidad incontestable de esta fuerza la que la inviste de una
legitimidad inalcanzable para la razón: pues es al mismo tiempo, y en
el mismo molde, estética y teológica. Antes sólo se podía destruir una
ciudad si se era Dios; ahora lo pueden hacer también los israelíes. Del
cielo caen únicamente bendiciones milagrosas y castigos merecidos. La
superioridad tecnológica de los sionistas -su superior desprecio por la
vida humana- activa esta legitimación teológica que sus gobernantes
explotan conscientemente, hasta el punto de que es la propia
tecnoteología bíblica de los ataques aéreos, como única fuente ya de
legitimidad, la que les obliga a repetirlos a una escala siempre mayor.
Es tan bonito, tan placentero, tan fácil, tan justiciero, reducir a
escombros una ciudad y sería tan difícil, tan feo, tan moralmente
degradante tratar de defender racionalmente el sionismo… El Dios de
la Biblia que destruye desde el aire es tanto más justo y tanto más
bello cuanto mayor es su poder de aniquilación. Sus víctimas embellecen
Su potencia, justifican Su existencia, homenajean Su misericordia;
cuanto más aumenta el número de muertos, más culpables son los
cadáveres y más sublime el agresor; cuantos más niños y mujeres y
ancianos sucumben a esta luz maravillosa más maravillosa es la luz y
más merecido el castigo. “Desproporcionado” -fuera de toda proporción-
sólo lo es Yahvé y esto es lo que quieren decir los medios de
comunicación y los gobiernos cuando califican así -respetuosa y
admirativamente- el uso de la fuerza por parte de Israel: quieren decir
que es “divino”, sobrenatural, sobrehumano, quieren decir que está
justificado, que no podemos juzgarlo y mucho menos condenarlo sin
cometer un sacrilegio. Los medios (de destrucción) justifican todos los
fines. La “desproporción” tecnológica declara su derecho al margen de
las leyes humanas y necesita muy poca propaganda para imponerse: basta
con que sea capaz de imitar a Dios y “arrasar las ciudades con todos
sus habitantes” en medio de un torrente de luz. Hasta los ateos más
encallecidos pasaremos por alto los muertos a condición de que sean
muchos y de que se usen para matarlos bombas de racimo y fósforo
blanco; es decir, a condición de que el asesino sea omnipotente y su
potencia de orden religioso y sobrenatural. Israel es un Estado
teocrático por su forma de vivir y por su forma de matar. El resto del
mundo le admira precisamente por eso. Y cuando volvemos la mirada hacia
el espectáculo, como la mujer de Lot, nos convertimos en mudas columnas
de sal.

El aire es puro; el cielo es inimputable. El piloto
israelí del F-16 no llega a despeinarse; elegante, sofisticado,
puntilloso en el cumplimiento de su misión, desinfectado de todos los
bajos instintos que podrían empañar su mirada, brillante, irónico,
serio, justo, imita a Dios y a El Bosco y vuelve luego a tiempo a Tel
Aviv para probar la comida de un nuevo restaurante indonesio y discutir
con su novia los detalles del nuevo mobiliario adquirido en Ikea.

¿Y abajo? ¿Qué ocurre entre tanto abajo? ¿Cómo es la gente de abajo?

 

Aquí los vemos. Son terrestres, primitivos, emocionales, gritones,
amenazadores, oscuros, pastosos, supersticiosos, gregarios, andrajosos,
feos, pedestres, horizontales, vulnerables, prescindibles: humanos. El
artículo de El Mundo que ilustraba esta fotografía añadía que son
también “exhibicionistas”: al contrario que los dueños del aire, que
preferimos enterrar a nuestros muertos en la intimidad, a los
palestinos de Gaza les divierte mostrar los cadáveres de sus niños y
proclamar obscenamente su dolor. Al fino antropólogo del periódico
español se le olvidaba citar otras diferencias igualmente definitivas:
mientras que a los dueños del aire nos gusta morir de viejos en un
hospital o en la intimidad de nuestras casas, a los palestinos de Gaza
les encanta morir en la calle, en público, reventados sin ningún pudor
por una bomba bíblica lanzada desde el cielo; y mientras que a los
dueños del aire nos gusta matar sin despeinarnos ni alterarnos -para
volver a tiempo de cenar en Tel-Aviv sin tener que pasar antes por la
peluquería- a los palestinos de Gaza les gusta matar matándose -pues la
rabia y el odio no les permitiría hacerlo de otra forma. Si la
“desproporción” israelí se justifica a sí misma, las proporciones
humanas de los palestinos se eliminan también a sí mismas. Basta la
fotografía del bombardeo israelí para convencernos de la justicia
sionista; y basta la fotografía del entierro palestino para
convencernos de la culpabilidad palestina.

La diferencia entre
israelíes y palestinos se resume en estas dos imágenes, en este
contraste que los medios de comunicación, interesadamente o no,
alimentan sin descanso: la superioridad estética y teológica de los
unos, basada exclusivamente en su armamento, y la inferioridad
“natural” de los otros, reducidos de antemano -desde siempre- a pura
yesca del fuego de Yahvé, a mero combustible de la Luz Divina. Ningún
razonamiento, ninguna súplica, podrán anular esta diferencia; tampoco
ningún cohete Qassam. Sólo hay dos maneras de corregir este contraste
asentado ya en nuestras retinas y sintetizado mansamente en nuestras
miradas: o armamos a los palestinos con misiles, bombas de racimo y
fósforo blanco o desarmamos a los israelíes y disolvemos el Estado de
Israel. Mientras no ocurra una de estas cosas, de nada sirve que la
justicia humana esté de parte de los palestinos en un mundo que babea
fascinado -los EEUU, la UE, los gobiernos árabes, la ONU, los medios de
comunicación- ante los cuadros de El Bosco que pinta la aviación
israelí y la bíblica belleza justiciera que los acompaña. Mientras la
justicia humana no nos parezca más justa y más bella que un bombardeo
israelí, los palestinos -hagan lo que hagan- sólo conseguirán ensanchar
la diferencia y dar pretextos a Yahvé para que los mate desde su remota
elegancia imperturbable. No les deis pretextos, no, por favor: no
lancéis cohetes, no disparéis fusiles, no saquéis los cuchillos, no
defendáis vuestras casas, no protejáis vuestros niños, no gritéis, no
lloréis, no comáis, no respiréis. Pero si no hay justicia humana y los
palestinos son culpables ante Dios de respirar (¡cuánto más de
sangrar!), si hagan lo que hagan han sido ya condenados para siempre,
sería vergonzoso condenarlos también -hagan lo que hagan- desde
nuestras confortables avionetas morales. Hay ocasiones en que más
inmoral que asesinar es precisamente moralizar.

Pero ahora la
diferencia se ha reducido un poco. A cubierto de los F-16 en mi casa
bien caldeada, estremecido y avergonzado, siento la satisfacción de que
los israelíes hayan renunciado a su impunidad divina y hayan entrado en
Gaza también por tierra. Todavía inconmesurablemente superiores, se
mueven en todo caso a ras de suelo y se vuelven por ello un poco
palestinos, un poco humanos, un poco vulnerables; quizás esté incluso
justificado matarlos. Quizás incluso mueran unos pocos. Quizás -ojalá-,
en vez de miedo o admiración, algunos lleguen a inspirarnos también
piedad.

Lo “desproporcionado” se llama Dios; lo “proporcionado”
se llama justicia humana. Lo “proporcionado divino” es la belleza; lo
“desproporcionado humano” es la compasión. Tal vez en los próximos días
veamos por fin la imagen de un tanque israelí destruido por los
heroicos defensores de Gaza y nos dejemos llevar luego, tras la
alegría, por la desproporción de la compasión -inesperada,
incomprensible, irracional- frente al cuerpo de un soldado israelí
prisionero o muerto. En ausencia de proporciones, en ausencia de
justicia, asesinos ahora expuestos al débil, feo y valiente fuego
defensivo, quizás los sionistas, muertos, prisioneros o heridos,
posados dolorosamente en tierra, nos parezcan por fin -por primera vez-
humanos.

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Enemigo de la guerra
y su reverso, la medalla
no propuse otra batalla
que librar al corazón
de ponerse cuerpo a tierra
bajo el paso de una historia
que iba a alzar hasta la gloria
el poder de la razón
y ahora que ya no hay trincheras
el combate es la escalera
y el que trepe a lo mas alto
pondrá a salvo su cabeza
Aunque se hunda en el asfalto
la belleza…

Míralos, como reptiles,
al acecho de la presa,
negociando en cada mesa
maquillajes de ocasión;
siguen todos los raíles
que conduzcan a la cumbre,
locos por que nos deslumbre
su parásita ambición.

Antes iban de profetas
y ahora el éxito es su meta;
mercaderes, traficantes,
mas que nausea dan tristeza,
no rozaron ni un instante
la belleza…
Y me hablaron de futuros
fraternales, solidarios,
donde todo lo falsario
acabaría en el pilón.

Y ahora que se cae el muro
ya no somos tan iguales,
tanto vendes, tanto vales,
¡viva la revolución!
Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
la belleza…

LUIS EDUARDO AUTE – LA BELLEZA

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NO MÁS GENOCIDIO EN GAZA!!!!


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