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EL MARTILLO DE LAS BRUJAS "Maellus Maleficarum" Carl Sagan

El texto escrito por Carl Sagan cuenta los orígenes del Maellus
Maleficarum y sus terribles consecuencias en toda Europa y
posteriormente en Estados Unidos, llevadas a cabo por la iglesia
católica y protestante.

La obsesión con los demonios empezó a alcanzar su cenit cuando, en su famosa Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:
“Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la
relación con ángeles malos, íncubos y súcubo, y que, mediante sus
brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los
alumbramientos de las mujeres”.

Además de generar otras muchas calamidades. Con esta bula, Inocencio
inició la acusación, tortura y ejecución sistemática de incontables
"brujas" de toda Europa. Eran culpables de lo que Agustín había
descrito como "una asociación criminal del mundo oculto". A pesar del
imparcial "miembros de ambos sexos" del lenguaje de la bula, las
perseguidas eran principalmente mujeres jóvenes y adultas. Ser bruja
era la peor acusación que podía caer en una mujer, puesto que
significaba que practicaba el infanticidio caníbal, que bailaba
desnuda, que practicaba el sexo promiscuo. Significaba ser parte de las
pesadillas de la sociedad.

Muchos protestantes importantes de los siglos siguientes, a pesar de
sus diferencias con la Iglesia católica, adoptaron puntos de vista casi
idénticos. Incluso humanistas como Desiderio Erasmo y Tomás Moro creían
en brujas. "Abandonar la brujería – decía John Wesley, el fundador del
metodismo- es como abandonar la Biblia." William Blackstone, el célebre
jurista, en sus Comentarios sobre las leyes de Inglaterra (1765),
afirmó:

“Negar la posibilidad, es más, la existencia real de la brujería y
la hechicería equivale a contradecir llanamente el mundo revelado por
Dios en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento”.

El papa nombró a Kramer y Sprenger para que escribieran un estudio
completo utilizando toda la artillería académica de finales del siglo
XV. Con citas exhaustivas de las Escrituras y de eruditos antiguos y
modernos, produjeron el Maellus Maleficarum, "martillo de brujas",
descrito con razón como uno de los documentos más aterradores de la
historia humana. La demonología que el Malleus maleficarum contenía
presuntamente servía para identificar los poderes de brujas y brujos,
sus vínculos con el diablo y las relaciones sexuales de las brujas con
los incubos y de los brujos con los sucubos. La obra maldita de los
frailes dominicos adquirió prestigio como un vehículo para desvelar las
representaciones terrestres del príncipe de las tinieblas. Pese a que
la idea de este manual fue bendecida por la iglesia católica, lo cierto
es que también fue fervorosamente abrazado por la contraparte
protestante y posteriormente cultivada con especial ahínco durante la
Contrarreforma.

Lo que el Maellus venía a decir, prácticamente, era que, si a una
mujer la acusan de brujería, es que es bruja. La tortura es un medio
infalible para demostrar la validez de la acusación. El acusado no
tiene derechos. No tiene oportunidad de enfrentarse a los acusadores.
Se presta poca atención a la posibilidad de que las acusaciones puedan
hacerse con propósitos impíos: celos, por ejemplo, o venganza, o la
avaricia de los inquisidores que rutinariamente confiscaban las
propiedades de los acusados para su propio uso y disfrute. Su manual
técnico para torturadores también incluye métodos de castigo diseñados
para liberar los demonios del cuerpo de la víctima antes de que el
proceso la mate. Con el maellus en mano, con la garantía del aliento
del papa, empezaron a surgir inquisidores por toda Europa.

Rápidamente se convirtió en un provechoso fraude. Todos los costes
de la investigación, juicio y ejecución recaían sobre los acusados o
sus familias; hasta las dietas de los detectives privados contratados
para espiar a la bruja potencial, el vino para los centinelas, los
banquetes para los jueces, los gastos de viaje de un mensajero enviado
a buscar a un torturador más experimentado a otra ciudad, y los haces
de leña, el alquitrán y la cuerda del verdugo. Además, cada miembro del
tribunal tenía una gratificación por bruja quemada. El resto de las
propiedades de la bruja condenada, si las había, se dividían entre la
Iglesia y el Estado. A medida que se institucionalizaban estos
asesinatos y robos masivos y se sancionaban legal y moralmente, iba
surgiendo una inmensa burocracia para servirla y la atención se fue
ampliando desde las brujas y viejas pobres hasta la clase media y
acaudalada de ambos sexos.
Cuantas más confesiones de brujería se
conseguían bajo tortura, más difícil era sostener que todo el asunto
era pura fantasía. Como a cada "bruja" se la obligaba a implicitar a
algunas más, los números crecían exponencialmente. Constituían "pruebas
temibles de que el diablo sigue vivo", como se dijo más tarde en
América en los juicios de brujas de Salem. En una era de credulidad, se
aceptaba tranquilamente el testimonio más fantástico: que decenas de
miles de brujas se habían reunido para celebrar un aquelarre en las
plazas públicas de Francia, y que el cielo se había oscurecido cuando
doce mil de ellas se echaron a volar hacia Terranova. En la Biblia se
aconsejaba:"no dejarás que viva una bruja”

En Gran Bretaña se contrató a buscadores de brujas, también llamados
"punzadores", que recibían una buena gratificación por cada chica o
mujer que entregaban para su ejecución. No tenían ningún aliciente para
ser cautos en sus acusaciones. Solían buscar "marcas del diablo"
-cicatrices, manchas de nacimiento o nevi- que, al pincharlas con una
aguja, no producían dolor ni sangraban. Una simple inclinación de la
mano solía producir la impresión de que la aguja penetraba
profundamente en la carne de la bruja. Cuando no había marcas visibles,
bastaba con las "marcas invisibles". En las galeras, un punzador de
mediados del siglo XVII "confesó que había causado la muerte de más de
doscientas veinte mujeres en Inglaterra y Escocia por el beneficio de
veinte chelines la pieza".

En los juicios de brujas no se admitían pruebas atenuantes o
testigos de la defensa. En todo caso, era casi imposible para las
brujas acusadas presentar buenas coartadas; las normas de las pruebas
tenían un carácter especial. Por ejemplo, en más de un caso el marido
atestiguó que su esposa estaba durmiendo en sus brazos en el preciso
instante en que la acusaban de estar retozando con el diablo en un
aquelarre de brujas; pero el arzobispo, pacientemente, explicó que un
demonio había ocupado el lugar de la esposa. Los maridos no debían
pensar que sus poderes de percepción podían exceder los poderes de
engaño de Satanás. Las mujeres jóvenes y bellas eran enviadas
forzosamente a la hoguera.
Los elementos eróticos y misóginos eran
fuertes, como puede esperarse de una sociedad reprimida sexualmente,
dominada por varones, con inquisidores procedentes de la clase de los
curas, nominalmente célibes. En los juicios se prestaba atención
minuciosa a la calidad y cantidad de los orgasmos en las supuestas
copulaciones de las acusadas con demonios o el diablo y a la naturaleza
del "miembro" del diablo (frío, según todos los informes). Las "marcas
del diablo" se encontraban "generalmente en los pechos o partes
íntimas", según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrani. Como
resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello
púbico de las acusadas y les inspeccionaban cuidadosamente los
genitales. En la inmolación de la joven Juana de Arco a los veinte
años, tras habérsele incendiado el vestido, el verdugo de Ruán apagó
las llamas para que los espectadores pudieran ver "todos los secretos
que puede o debe haber en una mujer".
En Wurzburgo, Alemania, en un solo año hubo veintiocho inmolaciones
públicas, con cuatro a seis víctimas de promedio en cada una de ellas,
en esta pequeña ciudad. Era un microcosmos de lo que ocurría en toda
Europa. Nadie sabe cuantos fueron ejecutados en total: quizá cientos de
miles, quizá millones. Los responsables de la persecución, tortura,
juicio, quema y justificación actuaban desinteresadamente. Sólo había
que preguntárselo.
No se podían equivocar. Las confesiones de brujería no podían basarse
en alucinaciones, por ejemplo, o en intentos desesperados de satisfacer
a los inquisidores y detener la tortura. En este caso, explicaba el
juez de brujas Pierre de Lancre (en su libro de 1612, Descripción de la
inconstancia de los ángeles malos), la Iglesia Católica estaría
cometiendo un gran crimen por quemar brujas. En consecuencia, los que
plantean estas posibilidades atacan a la Iglesia y cometen ipso facto
un pecado mortal. Se castigaba a los críticos de las quemas de brujas
y, en algunos casos, también ellos morían en la hoguera. Los
inquisidores y torturadores realizaban el trabajo de Dios. Estaban
salvando almas, aniquilando a los demonios.
Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y
quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y
tanto católicos como protestantes la castigaban sin piedad. En el siglo
XVI, el erudito William Tyndale cometió la temeridad de pensar en
traducir en Nuevo Testamento al inglés. Pero, si la gente podía leer la
Biblia en su propio idioma en lugar de hacerlo en latín, se podría
formar sus propios puntos de vista religiosos independientes. Podrían
pensar en establecer una línea privada con Dios sin intermediarios. Era
un desafío para la seguridad del trabajo de los curas católicos
romanos. Cuando Tyndale intentó publicar su traducción, le acosaron y
persiguieron por toda Europa. Finalmente le detuvieron, le pasaron a
garrote y después, por añadidura, le quemaron en la hoguera. A
continuación, un grupo de pelotones armados fue casa por casa en busca
de ejemplares de su Nuevo Testamento (que un siglo después sirvió de
base de la exquisita traducción inglesa del rey Jacobo). Eran
cristianos que defendían piadosamente en cristianismo impidiendo que
otros cristianos conocieran las palabras de Cristo. Con esta
disposición mental, este clima de convencimiento absoluto de que la
recompensa del conocimiento era la tortura y la muerte, era difícil
ayudar a los acusados de brujería.

La quema de brujas es una característica de la civilización
occidental que, con alguna excepción política ocasional, declinó a
partir del siglo XVI. En la última ejecución judicial de brujas en
Inglaterra se colgó a una mujer y a su hija de nueve años. Su crimen
fue provocar una tormenta por haberse quitado las medias.

En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos
infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando
exorcismos de demonios y los defensores de algún culto todavía
denuncian como brujería las prácticas rituales de otro. Todavía usamos
la palabra "pandemónium" (literalmente, todos los demonios). Todavía se
califica de demoníaca a una persona enloquecida o violenta. (Hasta el
siglo XVIII no dejó de considerarse la enfermedad mental en general
como adscrita a causas sobrenaturales; incluso el insomnio era
considerado un castigo inflingido por demonios). Más de la mitad de los
norteamericanos declaran en las encuestas que "creen" en la existencia
del diablo, y el diez por ciento dicen haberse comunicado con él, como
Martin Lutero afirmaba que hacía con regularidad. En un "manual de
guerra espiritual", titulado Prepárate para la guerra, Rebecca Brown
nos informa de que el aborto y el sexo fuera del matrimonio, "casi
siempre resultan en infestación demoníaca"; y que la "música rock no
‘surgió porque sí’, sino que era un plan cuidadosamente elaborado por
el propio Satanás.

Se hicieron multitud de ediciones del "Martillo de las Brujas", cosa
muy a tener en cuenta, partiendo de la idea de que entonces se hacían
pocas ediciones de libros y que pocos eran los que sabían leer y
escribir, a parte de monjes, clérigos y determinados nobles.

En las antiguas Grecia y Roma sólo las prácticas mágicas tendientes a
causar daños eran condenadas y castigadas; la hechicería benefactora
estaba permitida e incluso oficializada. Había la creencia de que
ciertas personas podían dañar a otras en lo económico, lo político, lo
atlético y en los empeños amorosos y que incluso podían causar la
muerte. Dichas actividades eran patrimonio exclusivo de los dioses,
quienes, contrariamente al Dios judeocristiano, no eran solamente
buenos sino que estaban sujetos a los mismos impulsos de los seres
humanos (y también a la hechicería humana). Ciertas diosas —por
ejemplo, Diana, Selene o Hecate— estaban asociadas con la práctica de
la magia malevolente, misma que ocurría por la noche de acuerdo con un
ritual determinado, con su propia parafernalia y hechizos. Una historia
contada por Apolius en el Asno de oro (siglo II, d.C.), que
probablemente refleja una creencia popular, se centra en una presunta
tendencia de las brujas de Tesalia (una región conocida por sus brujas)
a roer los rostros de los hombres muertos; dichas brujas tenían el
poder de asumir diversas formas animales para llevar a cabo sus
tétricos propósitos.

Entre los pueblos germanos que se extendieron por Europa durante la
decadencia y caída del imperio romano, el temor a las brujas también se
filtró. Aquí nuevamente los dioses son patrocinadores y practicantes de
hechicería, aunque del mismo modo los reyes practican y sufren la
brujería malevolente.

Las leyes, tanto civiles como eclesiásticas, contra la práctica y
creencias de la brujería se activaron en España y en Galicia a
principios de la era cristiana. Carlomagno y otros gobernantes francos
condenaron dichas prácticas y creencias como malignas y supersticiosas,
por lo que aprobaron leyes más severas, incluyendo la pena de muerte,
para castigarlas. Los concilios y líderes eclesiásticos en ocasiones
vituperaban la creencia en la brujería, considerándola como mera
superstición y alucinación, como una reliquia del paganismo. Sin
embargo otras veces declaraban que era una práctica maligna que debía
ser suprimida.

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2.- Algunas cifras.

Las cifras, por inesperadas, resultan asombrosas. Basándose en los
resultados más recientes de investigación, se calcula que hubo cerca de
100.000 causas de brujería en Europa, de las cuales, la mitad, o sea,
unas 50.000 personas acabaron en la hoguera. Pero, como podemos ver, la
intensidad de las persecuciones varió mucho de país a país.

La densidad de persecución de brujas en Europa (Behringer1998:65 f )2

1.País
2.Ejecuciones (por cada mil)
3.Habitantes c. 1600

1.Portugal
2.7 (0,0007)
3.1000.000

1.España
2.300 (0,037)
3.8.100.000

1.Italia
2.1000? (0,076)
3.13.100.000

1.Países Bajos
2.200 (0,133)
3.1.500.000

1.Francia
2.4000? (0,200)
3.20.000.000

1.Inglaterra/Escocia
2.1500 (0,231)
3.6.500.000

1.Finlandia
2.115 (0,238)
3. 350.000

1.Hungría
2.800 (0,267)
3.3.000.000

1.Bélgica/Luxemburgo
2.500 (0,384)
3.1.300.000

1.Suecia
2.350 (0,437)
3.800.000

1.Islandia
2.22 (0,440)
3.50.000

1.Chequia/Slovaquia
2.1000? (0,500)
3.2.000.000

1.Austria
2.1000? (0,500)
3.2.000.000

1.Dinamarca/Noruega
2.1350 (1,391)
3.970.000

1.Alemania
2.25000 (1,563)
3.16.000.000

1.Polonia/Litauia
2.10000? (2,941)
3.3.400.000

1.Suiza
2.4000 (4,000)
3.1.000.000

1.Lichtenstein
2.300 (100,000)
3.3.000

La mitad de las quemas de brujas se produjeron como vemos en los
estados alemanes, donde fueron ejecutadas 25.000 personas. Más poniendo
el número de ejecuciones en relación con el de habitantes, vemos que
Lichtenstein es el lugar donde más cruda fue la persecución: 300 quemas
con relación a 3000 habitantes, corresponde a un 10 % de la población.

Según unas fuentes la muerte, en ejecución publica, de la primera
bruja se produjo durante el año 1274, en Toulon (Francia). Es el primer
caso documentado que la inexorable y cruenta Inquisición. Se llamaba
Angele, una pobre mujer, viuda y sin fortuna, de mas de cincuenta años,
que fué acusada de tener relaciones de todo tipo con el mismísimo
Satanás.

Las relaciones mas escabrosas, diabólicas y satánicas están
detalladas en los libros, y fueron de carácter sexual, tuvieron como
consecuencia el nacimiento de un niño monstruoso, descrito en los
documentos de entonces, relativos al proceso, como un ser vivo híbrido,
dotado de una poderosa cabeza de lobo, y largo y escamoso rabo de
serpiente. Solo su tronco y extremidades, fueron aparentemente de tipo
normal, sus exigencias vitales, llegaban al extremo de necesitar
alimentarse con la carne y la sangre de otros niños. La Bruja madre
robó y asesinó bebés para dar de comer a su querido engendro, hasta que
fue descubierta y procesada.

Estocolmo, 1669, una junta de investigación de Estocolmo (Suecia)
sometió a interrogatorio a unos 300 niños pertenecientes a las
parroquias de Elfdal y Mora. Situadas en la región de Dalarne, que se
encuentra lejana a Estocolmo. Los funcionarios del gobierno condenaron
a ser quemadas a unas setenta mujeres acusadas de brujería por niños,
como también a 15 de los pequeños delatores a los que se les acusaba de
haber acudido en compañía de las supuestas brujas a uno de sus
infernales aquelarres. Otros 36 niños de nueve y doce años que fueron
acusados del mismo delito, recibieron el horrible castigo de ser
azotados durante un año todos los domingos frente a la Iglesia,
mientras que los otros infantes más jóvenes aun, fueron solamente
azotados en el mismo lugar tres domingos seguidos.

Todas estas ejecuciones tuvieron un reflejo brutal en otros pueblos
cercanos y volvieron a producirse más hogueras y más muertes después de
juicios descaradamente sumarios y poco serios. El horror de la fiebre
de los inquisidores en el norte de Europa se había desatado con saña
infernal.

En cuestión se trataba de una serie de supersticiones muy difundidas
entre la inmensa mayoría de los pueblos nórdicos, mediante la cual todo
el mundo sea cual fuere su clase social, creía en ninfas, duendes,
espíritus y hechiceras capaces de levantar tempestades, ganar batallas
y conseguir una protección especial llamada "Diabólica" por los
Inquisidores.

Hay que decir que sin embargo en los países nórdicos nunca fue tan
cruel la persecución a las hechiceras y brujas como en la Europa
Central. La documentación correspondiente a la primera parte de la Edad
Moderna, es tan abundante, que nos permite con gran seguridad decir
cuántas de las quemas de brujas registradas se debieron a la
Inquisición.

En España, Portugal e Italia, el Santo Oficio tenía tanto que hacer
persiguiendo a judíos, mahometanos y protestantes, que no le quedaba
tiempo para perseguir también a las brujas. La revisión sistemática de
los archivos inquisitoriales nos demuestra algo muy distinto. Se
calculó que la Inquisición en los países católicos del Mediterráneo
llevó a cabo entre 10.000 y 12.000 procesos de brujería, que, no
obstante, fueron sentenciados con penas menores o absolución.

Las teorías demonológicas no fueron asunto exclusivo de la Teología.
Filósofos, matemáticos y físicos debatían seriamente dichas
especulaciones en el seno de las universidades europeas más
prestigiosas y duró hasta principios del siglo XVIII.

Al principio, España siguió a la zaga de otros países. De 1498 a
1522, el Santo Oficio condenó a once brujas a la hoguera. En 1526, la
élite de teólogos española se reunió en Granada para elaborar unas
nuevas instrucciones con respecto a la brujería. Dichas instrucciones
no tuvieron su igual en otras partes.

a.- Cualquier bruja que voluntariamente confiese y muestre señales
de arrepentimiento, será reconciliada sin confiscación de bienes, y
recibirá penas salutarias para sus almas.

b.- Nadie será arrestado en base de las confesiones de otras brujas.

c.- Los Jueces averiguarán si las personas por ellos detenidas, ya
han sido anteriormente sometidas a tortura por otras justicias.

d.-“ Preguntando a los demás residentes de la casa os enteraréis de
si dichas personas, en la noche que aseguran haber asistido a la junta
de brujas, realmente se ausentaron de casa, o si, por el contrario,
estuvieron en ella toda la noche sin salir ”.

e.- Las instrucciones contenían también un párrafo, según el cual,
todos los casos referentes a tan complicada materia, deberían siempre
ser remitidos al Inquisidor General y su Consejo.

Con las instrucciones de 1526, se consiguió librar a España de la quema de brujas durante la mayor parte del siglo XVII.

Influida por Francia, en 1610, la Inquisición española volvió a
introducir en el norte de España la pena de la hoguera. En total 7000
personas fueron acusadas de brujería. Todo ello podría haber terminado
en un auténtico holocausto. Más, por suerte, el inquisidor Salazar,
encargado de las pesquisas, se había comprometido a conseguir pruebas
sobre la existencia de la temida secta diabólica.

En su informe al Inquisidor General, Salazar concluye: "No hubo
brujos ni embrujados hasta que se empezó a hablar y escribir de ellos."
Dicha investigación contribuyó a la definitiva abolición de las quemas
de brujas en todo el Imperio Español.


De esta exposición histórica podemos sacar las siguientes conclusiones:

1. Mientras que la Inquisición solía mostrarse dura y tajante con
judíos, mahometanos y protestantes, se mostró inusitadamente blanda en
cuanto al castigo de la brujería y otras formas de delitos mágicos. Tan
blanda, que considerado con los ojos de un europeo del norte o del
centro de Europa, debió resultar un escándalo.

2. La Inquisición podía haber causado un holocausto de brujos en los
países católicos del Mediterráneo – mas la historia nos demuestra algo
muy diferente – la Inquisición fue aquí la salvación de miles de
personas acusadas de un crimen imposible.

Porque la creencia en las brujas, no fue – como mucha gente cree, y
como puede leerse por ejemplo en la Enciclopedia de la brujería y
demonología de Robbins (1959, 1992) – invención de la Iglesia.

El concepto popular de la brujería como poder natural innato de la
persona, se seguía rechazando. Sin embargo se admitía la existencia de
brujas. Mas dichas brujas, para poder obrar, tenían necesariamente que
haber pactado con el demonio. Del mismo modo se redefinió el don
brujeril de transformarse en animales. Que el alma humana pudiera
meterse en un animal – desde un punto de vista teológico -era
imposible. Si la bruja se creía capaz de algo así, se lo debía al arte
ilusorio del demonio. “Cuando la bruja se "come" a un ser humano, no
es, así pues, la carne sino el "espíritu" de la carne, lo que devora.
Pero esto se cree suficiente para que la víctima se consuma y muera.”

"A nadie le hagan creer, que un ser humano realmente pueda
transformarse en animal", dice el Compendium maleficarum de Guazzo de
1608. A continuación siguen refinadas explicaciones de cómo el demonio
puede inducir a una bruja a creerse transformada en lobo. Por ejemplo
puede el demonio del simple aire crear una forma de lobo e introducirse
él dentro de la misma, para hacer luego todo tipo de descalabros.
Mientras tanto, yace la bruja en su cama y experimenta su apariencia de
lobo como un hecho absolutamente real. En caso de que alguien
consiguiese herir al ilusorio lobo, el demonio parte del cuerpo, de
modo que la bruja, al despertar, crea firmemente que todo ha ocurrido
en realidad (Guazzo 1929:51).

Parece que nos hallamos ante un único e idéntico complejo de
tradiciones, difundido por todo el viejo mundo. Puede comprobarse lo
mucho que tienen en común las creencias brujeriles europeas, asiáticas
y africanas. Las ideas, por ejemplo, de juntas secretas de brujas, que
en sus "aquelarres" nocturnos celebran banquetes a base de la carne de
sus propios parientes; y la de que la brujería sea un poder innato para
dañar a otros, transformarse en animales y volar por los aires, las
comparten los tres continentes.

Incluso algo tan específico como es el dejar en la cama un cuerpo
fingido, en lugar del propio, mientras la bruja acude al aquelarre, lo
encontramos tanto en Asia, como en África y Europa. Son especialmente
asombrosas las similitudes entre las creencias en brujas de Europa y la
India, las cuales, en ambos casos, se remontan a la temprana Antigüedad
(Henningsen 1997).

Para una mente teológica, la brujería resultaba absolutamente
inaceptable. Por eso la Iglesia desechó desde un principio estas
creencias como supersticiones paganas. De ello tenemos ejemplo en
Dinamarca:

En el año 1080 escribió el papa Gregorio VII al rey Harald de
Dinamarca quejándose de que los daneses tuviesen la costumbre de hacer
a ciertas mujeres responsables de las tempestades, epidemias y toda
clase de males, y de matarlas luego del modo más bárbaro.

El papa conminaba al rey danés para que enseñase a su pueblo, que
aquellas desgracias eran voluntad de Dios, la cual deberían complacer
con penitencias y no castigando a presuntas autoras.

La sabiduría de esta postura se refleja también en una crónica
eclesiástica, al referir el caso de tres mujeres, quemadas por
envenenadoras y perdedoras de personas y cosechas en 1090, cerca de
Munich, diciendo de ellas, que murieron mártires.

El manual de Eymeric de 1376 no entra en el terreno de las brujas,
pero reproduce la condena que el Canon episcopi (incluido en el Decreto
de Graciano 1140) hace de aquellas mujeres que se creen capaces de
volar por las noches en el cortejo de la diosa Diana. Por añadidura,
dicho manual de Eymeric incluye el decreto del papa Juan XXII, de 1326,
contra diversas formas de culto al demonio. En la versión comentada que
Francisco Peña publicó en 1578 del manual de Eymeric, se habla bastante
sobre la conjuración al demonio y la relación que con éste tienen los
magos; pero la mención del aquelarre sigue brillando por su ausencia.
En todos esos manuales es notorio, que el sortilegio ocupa el último
lugar en la jerarquía de las herejías (Bethencourt 1994:180 f.).

La sabia postura de la Iglesia cambia alrededor de 1400, al ser
reinterpretada la noción popular de la brujería, de modo que ésta
resultaba también posible desde el punto de vista teológico. Los
detalles sobre lo que se consideraba una nueva secta de brujos los
encontramos, por primera vez, en dos tratados escritos a mediados de la
década de 1430. El uno: Ut magorum et maleficiorum errores, por Clode
Tholosan, juez seglar en la provincia de Dauphine. El otro:
Formicarius, por el domínico Juan Nider. Con ambos se inicia la
interminable serie de tratados demonológicos de los siglos XV, XVI y
XVII.

Un problema especial representaba para los teólogos el supuesto
vuelo de las brujas. Según la noción popular, el alma humana abandona
el cuerpo, dejando a este yacer como sin vida. En tanto una persona no
esté muerta, el alma y el cuerpo son inseparables. Si el demonio fuese
capaz de extraer el alma del cuerpo de la bruja y devolverla luego a
éste, sería un milagro – y no un milagro cualquiera – sería comparable
al milagro de la Resurrección. La creencia de que las brujas se
juntaban en asambleas nocturnas, como anteriormente se ha dicho, databa
de muy antiguo. Pero la idea de que ocurriese bajo los auspicios del
demonio, era innovación de los demonólogos.

Contemplemos ahora la revisión cronológica que se ha hecho de la
persecución de brujas en Europa. No hace aún mucho tiempo que los
historiadores coincidían en culpar a la Inquisición del surgimiento de
dicha persecución.

Durante todo el siglo XIV cientos de hombres y mujeres, acusados de
brujería, habrían sido quemados por las Inquisiciones de Toulouse y
Carcasonne.

A partir de Hansen se sugiere también la seductora idea de que la
Inquisición, tras haber exterminado a cátaros y valdenses, se volcó
sobre las brujas para no quedarse inactiva.

La investigación más reciente ha demostrado algo totalmente
distinto. Todos los datos sobre la sangrienta caza de brujas en el sur
de Francia se remontan a un libro de divulgación escrito por el
novelista francés Lamothe-Langon (1829). A mediados de 1970 un
historiador inglés y otro americano demostraron, independientemente uno
de otro, que las fuentes medievales presentadas por Lamothe-Langon
jamás existieron, sino que las había inventado él para sazonar su
relato (Cohn 1975; Yieckhefer 1976).

A raíz de este descubrimiento, la cronología se ha retrasado con
casi cien años. La nueva imagen que se perfila se puede resumir como
sigue: Los primeros aunque escasos informes datan de 1360. 0 sea, un
siglo después de la supuesta quema en Toulouse. No fue la Inquisición
quien inició la persecución sino la justicia civil en Suiza y Croacia.
Resulta interesante ver cómo la Inquisición de Milán no sabía qué hacer
con dos caminantes nocturnas, que en 1384 y 1390 confesaron haber
participado en una especie de aquelarre blanco en el que el hada
Madonna Oriente les instruía en la forma de ayudar a la gente a
combatir la brujería.

Parece ser que la legalización de la caza de brujas tuvo su origen
en las exigencias del pueblo, que presionaba a los tribunales civiles.
Poco a poco, la Iglesia también hubo de adaptarse a esta corriente;
pero la Inquisición no aparece involucrada en ese tipo de persecuciones
con anterioridad al siglo XV.

Con el fin de obtener una idea más exacta de la participación del
Santo Oficio en la caza de brujas, se ha examinado la relación de
procesos hecha por Richard Kieckhefer, y se ha podido comprobar que los
procesos por brujería propiamente dicha -en tanto cuanto estos puedan
diferenciarse de los procesos por magia-están repartidos entre
tribunales civiles, episcopales y de Inquisición.

De un cálculo aproximado de 1000 causas, el 63% fue juzgado por las
autoridades civiles; el 17% corresponde a tribunales episcopales,
mientras que el 20% corresponde a la Inquisición. La mitad de las 200
causas de que se trata, se debieron al inquisidor Heinrich Institoris,
cuya persecución de brujas en el año 1484 había sido autorizada por una
bula del papa Inocencio VIII.

Teniendo en cuenta la gran inseguridad que los cálculos ofrecen, a
causa del material perdido y de la escasez de información sobre las
cifras de las víctimas, todo parece indicar que la Inquisición no jugó
tan importante papel, como invariablemente se le adjudica, en la
persecución de brujos durante la Edad Media.

Bueno, eso en cuanto a la Edad Media. Pero ¿qué puede decirse de la Inquisición y la Edad Moderna?

Vewnos: Para el año 1525 aproximadamente, los tribunales
inquisitoriales de Europa se habían extinguido y la Era del Santo
Oficio medieval había tocado su fin. Entre tanto, una nueva forma de
Inquisición había visto la luz del día. Se trata de una Inquisición
"moderna", instituida sobre bases nacionales. La primera de este tipo
se estableció en España, en 1478, con bula papal. A la Inquisición
española, le siguieron la portuguesa (1531), y la "romana" (1542)

3.- La oración de las brujas. Como convertirse en bruja.

Las Brujas han ocupado siempre en la tradición popular un lugar
preponderante. Entre muchos textos extraídos de la “Tradición" está
este singular y antiguo texto que se ha venido repitiendo con
variaciones a través de las centurias. Era la manera de convertirse en
Bruja, si una mujer verdaderamente estaba predestinada a ello. Se
acostumbraba a rezar antes una oración:

Su rezo era una especie de "Padre Nuestro" es decir una oración
destinada a recibir los favores de "la oscuridad" y por la zona de
Galicia (España) se recitaba comúnmente:

Pai sodes noso escollido
Para vos a gloria dar.
Pai sodes noso soleante
Para gloria vos dar;
Pai sodes noso no Xardín
Para gloria nos dar
Amai vos este meu corpo
Pra vosa alma consolar
Amén.

También se rezaba otra pequeña oración que venía a ser un "Acto de
Fé" brujeril, este pequeño ejemplo procede de los casi desconocidos
bosques de Portugal:

Credo saiba de mim – En certa estou,
creio que non son padre – Na groria en que estou.
Creio e quero creer – Como elle o illudiu
se Antonio e un duro – Sua gloria o permitiu.

Al tocar las doce de una noche con luna llena y sábado tercero de un
año bisiesto, encenderás un fuego en la cocina, después recita 3 veces
y echando al fuego sal, incienso resina blanca alcanfor y azufre:

Mikael dios del sol y del rayo, Samuel dios de los volcanes, Anoel
dios de la luz, Astarot, Lucifer. Belzebú, espíritus superiores de los
infiernos, dominadores de las inmensidades etéreas, sumo poder del
infierno, atiende al ruego de la que aspira a ser tu esclava y
transforma este fuego en las llamas del infierno.

Coloca las brasas en un caldero de cobre en el cual arrojarás el
corazón de un macho cabrio, un sapo vivió y un cuarterón de azufre.
Cuando esto todo este humeando empezaras a desnudarte y te untarás el
cuerpo con manteca para después pronunciar estas frases mágicas:

Adonai, Sibila, Tiberina, Hermes, Magos, Dragones infernales. Gran
Pitonisa de Endor, dadme el poder de volar al aquelarre. Sombras que a
estas horas vagáis por el reino de las tinieblas, espíritus diabólicos,
hijos de Satanás, admitirme en vuestras saturnales y en vuestros
aquelarres. Dacme vuestra gracia, el valor y ciencia necesarios para
practicar prodigios y ganar fortunas. Dadme parte en vuestros ritos,
vuestras alegrías y vuestros tormentos. El fuego que el macho cabrio
que os preside arroje su fuerza por mi boca, inflame mi pecho y me haga
acreedora a sus caricias y adoración. Del rey de la noche y de todos
vosotros soy esclava y sierva en cuerpo y alma. A vosotros me entrego
en cuerpo y alma." Tenebras filio azpak Phares Nishkhap Nisan."

https://desdemilibertad.files.wordpress.com/2009/02/mariposa-azul-hombro.jpg?w=255

4.- Salem: todas ellas eran brujas.

La epidemia de brujería de Salem de 1692 es uno de los capítulos más
oscuros en la historia de la intolerancia en el mundo. ¿Qué fue lo que
causó la cacería de brujas en Salem, después de que el genocidio
femenino se desvaneciera en Europa?. Muchos han sido los escritores e
investigadores que han buscado una respuesta a la pregunta anterior
desde el siglo XVII.

Por ejemplo, los clérigos coloniales de Estados Unidos, vieron en
aquellos eventos la intervención directa del diablo para trastocar el
bienestar común puritano que se había construido sobre los preceptos
bíblicos en el nuevo continente. Autores posteriores hicieron a un lado
la hipótesis diabólica, enfocándose en otras causas, algunas de ellas
tan risibles como la de la presencia maléfica; nos remitiremos a las
causas esbozadas y embozadas en el siglo XVII.

Los puritanos ingleses que se asentaron en el siglo XVII en Nueva
Inglaterra creían, al igual que sus contrapartes europeos, en la
existencia del diablo, así como en la posibilidad de que la brujería
afectara su vida diaria. Se creía que las brujas eran seres humanos,
especialmente mujeres, que habían acordado servir al diablo. Como pago
a los favores que el ángel caído les otorgaba, las brujas debían traer
la ruina a las comunidades cristianas donde vivían.

En Europa existen documentos fechados en el siglo XV que ya hablan
de la persecución y quema de brujas. La brujería fue considerada desde
siempre una herejía contra la iglesia y el castigo por esta falta era
la hoguera o el empalamiento. Debido a su posición geográfica y a
algunas diferencias culturales y religiosas con el resto de Europa,
Inglaterra escapó durante varios años a la histeria de la quema de
brujas. En la rubia albión, la brujería era considerada una felonía
contra el Estado, y los felones eran colgados. Las mayores epidemias de
brujas en Inglaterra ocurrieron durante periodos de convulsión política
o social, por ejemplo, durante la guerra civil, cuando, en el decenio
de 1640, alrededor de 200 brujas fueron ejecutadas. Pese a todo, el
actual Reino Unido aportó poca leña a la quema total de brujas en
Europa, cifra que se estima en 200 mil personas, casi todas mujeres.

Una de las comunidades más grandes que se estableció en una de las
bahías de Massachusetts fue precisamente la de Salem, que fue levantada
por ingleses en 1626. Para mediados de 1630, cuando la disponibilidad
de tierra estaba casi agotada y el deseo de sus pioneros de ampliar sus
territorios había crecido, otro grupo de colonos se estableció al oeste
de Salem. Esta última área pronto fue conocida como la aldea de Salem,
que para 1660 también había prosperado notablemente en lo que concierne
a la posesión de tierras.

Una vez establecidos los nuevos colonos, éstos se percataron que los
vínculos que los unían con la Salem pionera cada vez eran más débiles,
por lo que empezaron a velar por sus propios intereses. Así, una de las
primeras exenciones que lograron con respecto a la madre Salem fue la
de la vigilancia y leyes militares. Para 1672, la independencia de los
nuevos colonos era casi un hecho, al permitírseles construir una
parroquia.

Sin embargo, la parroquia nunca fue independiente de la iglesia que
regía lo mismo a la vieja que a la nueva Salem, por lo que la gente de
este último lugar, si deseaba hacer algún trámite eclesiástico, debía
caminar varios kilómetros en condiciones francamente hostiles.
Asimismo, la iglesia de Salem cobraba impuestos muy altos a su similar
de la aldea. La lucha entre los dos pueblos, uno por independizarse y
el otro por mantener el control, desembocó en una fractura religiosa
que amenazaba estallar en cualquier momento. Para febrero de 1687
arribaron a Salem los jueces John Hathorne y Bartholomew Gedney,
quienes a la postre ganarían una fama oscura, pues fueron las
autoridades más feroces en la caza de brujas que estaba por venir.

En 1689, los aldeanos de la joven Salem sentían que tenían la
independencia clerical a tiro de piedra y celebraron el nombramiento de
su cuarto ministro religioso, el reverendo Samuel Parris, quien era un
hombre de voluntad férrea que a menudo se refería en sus sermones al
conflicto eterno entre el bien y el mal, entre Cristo y Satán, así como
a los enemigos que acechaban dentro y fuera de la iglesia.

Por su parte, muchos clérigos de la madre Salem se referían
continuamente a los nuevos colonos como personas poco temerosas de Dios
que llevaban una vida licenciosa, y sugerían que tales faltas serían
castigadas algún día no muy lejano por el Altísimo. Ese día no muy
lejano se presentó a finales de enero y principios de febrero de 1692,
cuando Betty, de nueve años de edad, y Abigail Williams, de 11 —hija y
sobrina del reverendo Parris, respectivamente—, además de Ann Putman,
Mary Walcott y la esclava india de Parris, Tituba, fueron acusadas de
“sufrir aflicciones”.

¿A qué aflicciones se referían los acusadores? Un reverendo de
nombre John Hale especificó de la manera siguiente los síntomas
aflictivos: “Esas niñas han sido mordidas y pinchadas por agentes
invisibles; sus brazos, cuellos y espaldas así lo demuestran… En
ocasiones permanecen mudas, sus bocas se detienen, sus gargantas se
cierran, sus labios se tuercen y su tormento es tan fuerte que podría
conmover a una piedra; hay que sentir compasión por ellas”.

Una vez que se determinó que los síntomas de las jóvenes afligidas
no pertenecían a ningún tipo de epilepsia y después de comparar su caso
con otro similar ocurrido tres años atrás en Boston, la gente de Salem
llegó a la conclusión de que estaba frente a un caso clásico de
embrujamiento.

Los adultos presionaron a las jóvenes para que éstas identificaran a
los agentes que les estaban haciendo daño. Por otro lado, una mujer
llamada Mary Sibley denunció que Tituba, la esclava del reverendo
Parris, había cocinado un pastel utilizando, además de los ingredientes
habituales, la orina de las niñas. La gente ya no tuvo dudas y aseguró:
“El diablo se ha levantado entre nosotros y su furia es vehemente y
terrible”, tal y como lo escribió en su diario personal el propio
reverendo ¡Samuel Parris!

Finalmente, para llegar al fondo de las cosas, fueron llamados tres
atormentadores, quienes, con su acostumbrada paciencia y eficacia,
arrancaron no solamente la verdad a las acusadas sino también algunos
trozos de carne viva de éstas. En medio de gritos de dolor, de
intolerancia religiosa y racial, dio inicio la peor cacería de brujas
que el nuevo mundo tenga memoria, un concepto que ha quedado inscrito
en el gran diccionario de la infamia humana y que se exhuma cada vez
que el odio de cualquier calaña cabalga alegremente por las amplias
llanuras de la historia.

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5.- Mujeres sabias: brujas, universo femenino de sombras.

El reino de las brujas se ha erigido lo mismo en las parcelas
infantiles de los cuentos de hadas que en el largo devenir de los
mitos; desde ahí, la bruja ha encantado la conciencia humana durante
miles de años. Para los psicólogos sociales —según Carole Fontaine,
profesora de la materia Viejo testamento en la Escuela Teológica
Andover Newton—, la bruja representa definitivamente el lado oscuro de
la presencia femenina. Es la sombra. Es la mujer fuera de todo control.

¿Qué es una bruja? ¿Cuándo se originaron las creencias en este ser
fantástico? ¿Existen o sólo son creaciones bizarras de la imaginería
humana? Las preguntas podrían extenderse de manera ilimitada, aunque lo
cierto es que con el paso de los siglos la imagen de la bruja ha
sufrido una transformación extraña. En la antigua Escandinavia, Freya,
la diosa de las profecías, surca los cielos en un carruaje. En la
mitología griega es una mujer hermosa poseedora de sortilegios
mortales. La hechicera Circe encantó con sus brebajes mágicos en forma
vino de miel a los marineros de Ulises. Después, con el toque de su
vara mágica, convertía a los hombres en cerdos. Todavía muchos siglos
atrás, en la tradición hebrea, una mujer llamada Lilith, de cabello
largo y rojo, irrumpía en los hogares desprotegidos para robar niños y
el semen de los hombres.

La imagen de la bruja ha dejado su impronta en la conciencia
moderna. No obstante, en sus orígenes primitivos los seres femeninos
mágicos que poseían poderes sobrenaturales no eran vistos como fuentes
de maldad. Por ello algunos investigadores del folklore de los pueblos
hallan la génesis de la bruja en las deidades antiguas, cuyos poderes
eran benignos.

Aquellas diosas, objetos de decenas de esculturas cuya antigüedad se
remonta a más de dos mil años, fueron reverenciadas por sus habilidades
mágicas para alentar la fertilidad de los campos. Deidades de creación
todopoderosa manejaban a su antojo las fuerzas ocultas del universo.
Durante miles de años, también, han recibido muchos nombres, pero todas
fueron diosas supremas que presidían el congreso de las fuerzas
sagradas de la vida y de la muerte, reverenciadas por aquellos que
dependían de la tierra para su supervivencia. Elizabeth Say, profesora
asociada de la Universidad Estatal de Estudios Religiosos, en
Northridge, California, apunta: “La gente que dependía de la tierra
para su sustento, de los ciclos de la naturaleza, de las capacidades
reproductoras de la tierra, asociaba las fuerzas naturales con el
cuerpo femenino, por lo que la identificación de lo femenino con lo
sagrado poseía un sentido lógico”.

¿Cuáles eran los poderes mágicos que poseían las mujeres sabias?
Registros de la antigua Turquía describen cómo la mujer sabia se
sentaba dentro de un círculo sagrado, dibujado con sal, para recitar
conjuros mágicos. Sus objetos rituales eran simples, aunque se creía
que poseían poderes dirigidos a la salud y protección. Eran personajes
positivos en sus sociedades. Ningún rey tomaba decisiones sin su
consejo. Los ejércitos no podían recobrarse de una derrota de no mediar
los rituales sagrados de las “sabias”. Ningún bebé podía nacer sin
ayuda de las deidades.

¿Dónde se produce la gran bifurcación entre la expedición de ceremonias
sagradas y los rituales que más adelante serían conocidos como
brujería? Carole Fontaine dice al respecto: “Una de las cosas que a
menudo vemos en el desarrollo de la historia de las religiones es el
papel predominante que las diosas jugaron en la cosmogonía de los
pueblos y que paulatinamente perdieron”.

Otros investigadores consideran que cuando los hebreos se asentaron
en la tierra de Canán, alrededor del 1300 antes de nuestra era,
impusieron la visión patriarcal de su origen. Algunos creen que en la
historia de la creación bíblica, Eva es la versión mortal de la deidad
antigua Ashtaroth. En el Jardín del Edén es a Eva a quien se
responsabiliza por la caída de toda la humanidad. Obedeciendo las leyes
de la Biblia, los hebreos condenaron la brujería como una práctica
pagana, prohibiéndola en cada uno de los rincones de la tierra de Canán.

Paradójicamente, a pesar de la prohibición, una de las historias más
misteriosas de la Biblia describe un encuentro mágico entre un rey
bíblico y una bruja. Esta historia se ubica en un periodo en que el rey
Saúl libra una batalla feroz contra los enemigos más poderosos de los
israelitas. En la víspera de la batalla de Gilboa, el atribulado rey se
reúne con una hechicera prohibida, con la esperanza de que ella conjure
a un espíritu que pueda aconsejarlo desde la tumba. Es un relato
fascinante, ya que precisamente fue Saúl quien casi desapareció a las
brujas de la faz de la tierra.

Saúl visita a la bruja en la villa de Endor, en las afueras de
Nazaret. Le pide que conjure al profeta Samuel, quien reposa en su
tumba, para sí recibir la sabiduría que el rey requiere para la
batalla. Sin embargo, el fantasma de Samuel no trae consigo buenas
nuevas, pues predice al rey que éste morirá en la batalla. La
predicción se cumple al día siguiente.

¿Qué hace una historia así en la sagrada Biblia, en una época
ominosa para la brujería? Es uno de los misterios más antiguos que aún
permanece sin respuesta.

6.- Más mujeres, más brujas: la herbolaria, motivo de persecución.

Pocas conductas en la historia de la humanidad se han salvado de la
represión. Las hierbas, aunque parezca increíble, también han sido
motivo de persecución, sobre todo las que cumplían una función
contraceptiva. Las hierbas han acompañado a la mujeres en su larga
lucha por evitar embarazos no deseados.

En Italia, a finales de la Edad Media, los miembros de una secta de
fertilidad denominada “I Benandanti” mantuvieron entretenidos duelos
con unas presuntas brujas de la localidad, quienes al parecer
practicaban el control natal y el aborto. La Inquisición, para que no
se pensara que actuaba de manera parcial, colocó a ambos grupos en el
cadalso. Tales son los primeros debates entre la curandería —que a fin
de cuentas desembocaría en la medicina— y la iglesia católica, la cual
llegó a sugerir —hinchada de fervor religioso en favor de la
procreación— que incluso el esperma era proclive de contener almas. Por
el otro lado se estableció la medicina, que también se volvía menos
tolerante y más profesional.

En la imaginación popular las brujas han estado siempre asociadas
con la escoba. Empleada por ellas para volar por el aire, generalmente
para dirigirse a los aquelarres. Esta creencia parece ser casi
universal en todos los tiempos y regiones.

La escoba esta conectada con la varita mágica, ya que desde siempre se ha asociado con el servicio de la equitación mágica.

La madera de que estaban hechas ambas, era a menudo, según rezan los
grimorios de avellano y olmo escocés. Aunque en tiempos de Delancre,
las brujas del sur de Francia, preferían la madera llamada
"Souhandourna", que era la "Cornus Sanguinea", la llamada popularmente
"Madera de Perro".

“En medio de huracanes y tempestades, en el mismo corazón de la
oscura tormenta, el convoy de brujas, montando a horcajadas en sus
escobas, viajaba rápido hacia el aquelarre, profiriendo blasfemias y
lujuriosas risotadas.

Sus horrendas risas y maléficas blasfemias sonaban más alto que el
choque de los elementos desatados en el cielo, y se mezclaban con
temible desacuerdo con el frenético sonido del vendaval y el horroroso
aullido de los lobos”.

7.- Una religión oscura: el renacimiento de la práctica de la brujería.

A través de las centurias la imagen de la bruja declinó ostensible y
gradualmente. Para principios del siglo XX, la hechicera atemorizante
había sido reducida a una figura grotesca de Halloween o en sinónimo de
suripanta. Peso a todo, en lo que es un fenómeno sorprendente, la bruja
y sus antiguas artes han experimentado un dramático renacimiento en
este fin de siglo.

Alrededor de 200 mil hombres y mujeres de Estados Unidos y Europa
actualmente practican y estudian de algún modo la brujería. ¿Por qué,
en países con una amplia y oscura tradición de acosamiento a la
brujería, los individuos deciden transitar por un camino alguna vez
considerado ominoso? Según Marie Guerrero, suprema sacerdotisa del
Templo de los Nueve Velos, con sede en Los Ángeles, la brujería se ha
ido desprendiendo de “interpretaciones erróneas; por ejemplo, los
rostros verdes y los sombreros de pico; la voladora nocturna; el
concubinato con el diablo. Existen demasiadas connotaciones negativas y
mitos sobre las brujas, aunque yo les aseguró que no son ciertas”.

¿Qué estimuló el renacimiento moderno de la brujería? Los
investigadores han localizado ese renacimiento en la obra sorprendente
de una joven arqueóloga británica llamada Margaret Murray. En su libro
no exento de controversia, The Witch Cult in Western Europe, publicado
en 1921, Murray presentó una teoría novedosa: que en la historia de
Europa, la brujería no fue simplemente un culto oscuro sino una fuerza
religiosa dominante. Argumentó que las brujas perseguidas durante los
siglos XV, XVI y XVII practicaban una religión pagana de amplia
aceptación en el viejo continente.

La visión romántica de Murray, de un culto poderoso de brujas, fue
desechada por la mayoría de los historiadores. No obstante, el libro
reactivó la fascinación por la brujería. Para mediados del presente
siglo, la brujería moderna se convirtió en un sendero espiritual para
miles de creyentes, quienes denominaron a su nueva religión “Wicca”,
término derivado de una antigua palabra anglosajona que significa “arte
de la sabiduría”. Inspiradas por sus orígenes remotos, las brujas
modernas basan sus conocimientos en los elementos rituales más simples
—velas, hierbas, incienso y cristales—, los cuales, según los
creyentes, están imbuidos de propiedades mágicas. La forma en que
funcionan dichos poderes se reduce a controlar las fuerzas de la
naturaleza.

De todos los rituales de la brujería contemporánea, el Sabbath es
quizá el más importante. Hay que apuntar que el moderno Sabbath no
tiene ninguna relación con el ritual llevado a cabo en la época en que
la quema de brujas alumbró los horizontes culturales tanto de Europa
como de Estados Unidos. Es decir, los pactos con el diablo han quedado
en el olvido. El Sabbath actual se realiza a mediados de verano, en la
noche más corta del año. Brujas y brujos se reúnen en las colinas y
juntos celebran la estación. Para las brujas de este fin de siglo, como
para las que esculpieron la leyenda, lo divino no está separado del
mundo. Todo lo contrario, el mundo es el plano de lo sacro. No hay
ningún lugar a dónde ir, simplemente el cambio es continuo y eterno,
siempre de manera circular.

La brujería de nuestros tiempos no se ha mantenido al margen de la
moda light. Atrás quedaron las épocas en que un simple testimonio oral,
proviniera de donde proviniera, era más que suficiente para convertir
en aceite a la hechicera más recalcitrante. Hoy, las amantes de la
noche utilizan sus poderes para redactar libros de recetas
afrodisíacas, horóscopos, cursos de aromaterapia, fabricación de velas
multicolores y de vez en cuando para hacer unas cuantas limpias. ¿Por
qué? Simplemente porque las brujas modernas se adhieren a su código
ético, de “Haz lo que tienes que hacer, pero sin lastimar a nadie”, tal
y como lo señala Janet Farrar, autora del libro The Witches´ Way:
“Cuando te conviertes en una bruja, lo primero que tienes que aprender
es acerca del poder natural del universo, que está alrededor de todos
nosotros y que utilizamos todo el tiempo. Puedes quemarte los dedos con
él. Por eso lo debes utilizar sabiamente, en un sentido siempre
positivo”.

Carole Fontaine, profesora de Viejo Testamento en la Andover Newton
Theological School, es un poco más explícita en el tema: “Creo que la
gente de hoy, por lo menos la de este siglo, no cree en la brujería,
puesto que vive en un mundo mecanizado. La materia está muerta para
nosotros. Es algo que debe ser explotado. No está imbuida con poderes
mágicos. Considero, sin embargo, que debemos empezar por remover el
viejo universo newtoniano, que debemos movernos a través de un universo
de posibilidades infinitas planteado por Einstein, dentro de un mundo
posmoderno, donde comprendamos poderosamente el efecto de los eventos
al azar y el efecto de la observación”.

El siglo XX se ha distinguido por la convivencia de viejas y nuevas
creencias, así como de renacimientos, en el que la bruja ha regresado
una vez más a reclamar su antigua herencia, que ha sido etiquetada como
maligna, pero que a partir de las investigaciones de Margaret Murray
han tomado un renovado sesgo, inclinándose a rescatar un legado de
sabiduría tradicional y natural. Y algo han obtenido las brujas en esta
época de escepticismo e indiferencia: que la Wicca, el sendero
espiritual de las voladoras nocturnas, actualmente tenga la categoría
de religión y que, al igual que otras religiones, descansa en sus
propios dogmas, que en este caso son la fe en los poderes divinos y el
respeto profundo en las fuerzas de la naturaleza.

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