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Desafío al otoño |José Ángel Buesa|

Publicado el  10/02/2009 por Panfleto LAETUS.

Soñar es ver la vida de otro modo,

y es olvidar un poco lo que es.

Un sueño es casi nada
y más que todo;

más que todo al soñarlo…
Casi nada después.

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El ruiseñor y la rosa |Oscar Wilde|

Publicado el  05/02/2009 por Panfleto LAETUS.
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―Dijo
que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas ―exclamó el joven
estudiante―; pero no hay ni una sola rosa roja en todo mi jardín.
 
Desde su nido en la encina le oyó el ruiseñor, y miró a través de las hojas y se quedó extrañado.
 
―Ni
una sola rosa roja en todo mi jardín ―exclamó el estudiante; y sus
hermosos ojos se llenaron de lágrimas―. ¡Ah, de qué cosas tan pequeñas
depende la felicidad! He leído todo lo que han escrito los sabios, y
son míos todos los secretos de la filosofía; sin embargo, por no tener
una rosa roja, mi vida se ha vuelto desdichada.
 
―He aquí por
fin un verdadero enamorado ―dijo el ruiseñor―. Noche tras noche le he
cantado, aunque no le conocía; noche tras noche he contado su historia
a las estrellas, y ahora le estoy viendo. Tiene el cabello oscuro como
la flor del jacinto y los labios tan rojos como la rosa de sus deseos;
pero la pasión ha hecho que su rostro parezca de pálido marfil, y el
dolor le ha puesto su sello sobre la frente.
 
―El príncipe da un
baile mañana por la noche ―musitó el estudiante―, y mi amada estará
entre los invitados. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta
el alba. Si le llevo una rosa roja, la tendré entre mis brazos, y
reclinará la cabeza en mi hombro, y su mano estará prisionera en la
mía. Pero no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, así es que estaré
sentado solo, y ella pasará desdeñándome. No me prestará atención
alguna y se me romperá el corazón.
 
―He aquí ciertamente el
verdadero enamorado ―dijo el ruiseñor―. Lo que yo canto, él lo sufre;
lo que es para mí alegría es dolor para él. En verdad el amor es
maravilloso; es más precioso que las esmeraldas y más costoso que los
finos ópalos. No se pueden comprar con perlas ni con granates, ni está
a la venta en el mercado, no lo pueden comprar los mercaderes, ni se
puede pesar en la balanza a peso de oro.
 
―Los músicos estarán
sentados en su estrado ―dijo el joven estudiante―, y tocarán sus
instrumentos de cuerda y mi amada danzará al son del arpa y del violín.
Danzará tan ligera que sus pies no rozarán el suelo, y los caballeros
de la corte, con sus trajes alegres, estarán todos rodeándola. Pero
conmigo no bailará, pues no tengo una rosa roja para darle.
 
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultó el rostro entre las manos y lloró.
 
―¿Por qué llora? ―preguntó una lagartija verde, cuando pasaba corriendo junto a él con el rabo en el aire.
 
―Eso, ¿por qué? ―dijo una mariposa que revoloteaba persiguiendo a un rayo de sol.
 
―Sí, ¿por qué? ―susurró una margarita a su vecina, con una voz suave y baja.
 
―Está llorando por una rosa roja ―dijo el ruiseñor.
 
―¡Por una rosa roja! ―exclamaron―; ¡qué ridículo!
 
Y la lagartija, que era algo cínica, se rió abiertamente.
 
Pero
el ruiseñor comprendía el secreto de la pena del estudiante, y
permaneció posado silencioso en la encina, y pensó en el misterio del
amor.
 
De pronto desplegó sus alas pardas para emprender el
vuelo y hendió los aires. Pasó por la arboleda como una sombra, y como
una sombra voló a través del jardín.
 
En el medio del césped crecía un hermoso rosal, y al verlo voló hacia él y se posó sobre una rama.
 
―Dame una rosa roja ―exclamó―, y te cantaré mi más dulce canción.
 
Pero el rosal negó con la cabeza.
 
―Mis
rosas son blancas ―respondió―; tan blancas como la espuma del mar, y
más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve a ver a mi hermano, el
que trepa alrededor del viejo reloj de sol y te dará tal vez lo que
deseas.
 
Así es que el ruiseñor se fue volando hasta el rosal que crecía en torno al viejo reloj de sol.
 
―Dame una rosa roja ―exclamó―, y te cantaré mi más dulce canción.
 
Pero el rosal negó con la cabeza.
 
―Mis
rosas son amarillas ―respondió―; tan amarillas como el cabello de la
sirena que se sienta en un trono de ámbar y más amarillas que el
narciso que florece en el prado antes de que llegue el segador con su
guadaña. Pero ve a ver a mi hermano, el que crece al pie de la ventana
del estudiante, y te dará tal vez lo que deseas.
 
Así es que el ruiseñor se fue volando hasta el rosal que crecía al pie de la ventana del estudiante.
 
―Dame una rosa roja ―exclamó―, y te cantaré mi más dulce canción.
 
Pero el arbusto negó con la cabeza.
 
―Mis
rosas son rojas ―respondió; tan rojas como los pies de la tórtola y más
rojas que los grandes abanicos de coral que se mecen y mecen en la sima
del océano; pero el invierno me ha congelado las venas, y la escarcha
me ha helado los capullos, y la tormenta me ha roto las ramas, y no
tendré rosas este año.
 
―Una rosa roja es todo lo que necesito
―exclamó el ruiseñor―, ¡sólo una rosa roja! ¿No hay ningún medio por el
que pueda conseguirla?
 
―Hay un medio ―respondió el rosal―, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.
 
―Dímelo ―dijo el ruiseñor―, no tengo miedo.
 
―Si
quieres una rosa roja ―dijo el rosal―, tienes que hacerla con música, a
la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Debes
cantar para mí con el pecho apoyado en una de mis espinas. A lo largo
de toda la noche has de cantar para mí, y la espina tiene que
atravesarte el corazón, y la sangre que te da la vida debe fluir por
mis venas y ser mía.
 
―La muerte es un alto precio para pagar
una rosa roja ―exclamó el ruiseñor―, y la vida nos es muy querida a
todos. Es grato posarse en el bosque verde, y contemplar al sol en su
carro de oro y a la luna en su carro de perla. Dulce es la fragancia
del espino, y dulces son las campanillas azules que se esconden en el
valle y el brazo que el viento hace ondear en la colina. Sin embargo,
el amor es mejor que la vida, ¿y qué es el corazón de un pájaro
comparado con el corazón de un hombre?
 
Así es que desplegó las
alas pardas para emprender el vuelo y hendió los aires. Pasó veloz
sobre el jardín como una sombra, y como una sombra atravesó volando la
arboleda.
 
El joven estudiante todavía estaba echado en la
hierba, donde le había dejado, y las lágrimas aún no se habían secado
en sus hermosos ojos.
 
―¡Sé feliz! ―exclamó el ruiseñor―; ¡sé
feliz!; tendrás tu rosa roja. Te la haré de música a la luz de la luna
y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que te pido a
cambio es que seas un verdadero enamorado, pues el amor es más sabio
que la filosofía, por sabia que esta sea, y más fuerte que el poder,
por potente que sea este. Del color de la llama son sus alas, y de
color de llama tiene el cuerpo. Sus labios son dulces como la miel y su
aliento es como el incienso.
 
El estudiante alzó los ojos de la
hierba y escuchó, mas no pudo entender lo que le estaba diciendo el
ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.
 
Pero la encina comprendió y se puso triste, porque quería mucho al pequeño ruiseñor que había hecho su nido entre sus ramas.
 
―Cántame una última canción ―musitó―; me sentiré muy sola cuando te hayas ido.
 
Así es que el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que sale a borbotones de una jarra de plata.
 
Cuando hubo terminado su canción, el estudiante se levantó, y sacó un cuaderno y un lápiz de su bolsillo.
 
―Ella
tiene estilo ―dijo para sí, mientras caminaba a través de la arboleda―,
eso no se le puede negar, pero ¿tiene sentimientos? Me temo que no. De
hecho, es como la mayoría de los artistas, es toda estilo, sin ninguna
sinceridad. No se sacrificaría por los demás. Piensa tan sólo en la
música, y todo el mundo sabe que las artes son egoístas. Sin embargo,
es preciso admitir que hay notas hermosas en su voz. ¡Qué lástima que
no signifiquen nada, ni tengan ninguna utilidad práctica!
 
Y
entró en su habitación y se echó sobre el pequeño jergón, y se puso a
pensar en su amor, y al cabo de un tiempo se quedó dormido.
 
Y
cuando la luna brilló en el cielo, fue volando al rosal el ruiseñor y
puso su pecho contra la espina. Cantó toda la noche con el pecho contra
la espina, y la luna de frío cristal se asomó para escuchar. A lo largo
de toda la noche estuvo cantando, y la espina penetraba más y más
profundamente en su pecho, y la sangre, que era su vida, fluía fuera de
él.
 
Cantó primero el nacimiento del amor en el corazón de un
adolescente y de una muchacha. Y en la rama más alta del rosal floreció
una rosa admirable, pétalo a pétalo, a medida que una canción seguía a
otra canción. Pálida era al principio, como la bruma suspendida sobre
el río; pálida como los pies de la mañana, y de plata, como las alas de
la aurora. Como la sombra de una rosa en un espejo de plata, como la
sombra de una rosa en el estanque, así era la rosa que florecía en la
rama más alta del rosal.
 
Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina.
 
―¡Apriétate más, pequeño ruiseñor ―gritaba el rosal―, o llegará el día antes de que esté terminada la rosa!
 
Así
es que el ruiseñor se apretó más contra la espina, y su canto se hizo
cada vez más sonoro, pues cantaba el nacimiento de la pasión en el alma
de un hombre y de una doncella.
 
Y un delicado arrebol rosado
vino a los pétalos de la rosa, como el rubor del rostro del novio
cuando besa los labios de la novia. Pero la espina no había llegado aún
al corazón del pájaro, así que el corazón de la rosa seguía siendo
blando, pues sólo la sangre del corazón de un ruiseñor puede teñir de
carmesí el corazón de una rosa.
 
Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina.
 
―¡Apriétate más, pequeño ruiseñor ―gritaba el rosal―, o llegará el día antes de que esté terminada la rosa!
 
Así
es que el ruiseñor se apretó más contra la espina, y la espina tocó su
corazón, y sintió que le atravesaba una intensa punzada de dolor.
Amargo, amargo era el dolor, y más y más salvaje se elevó su canto,
pues cantaba al amor que se hace perfecto por la muerte, al amor que no
muere en la tumba.
 
Y la rosa admirable se volvió carmesí, como
la rosa del cielo en el oriente. Carmesí era el ceñidor de pétalos, y
carmesí como un rubí era su corazón.
 
Pero la voz del ruiseñor
se volvió más débil, y sus pequeñas alas empezaron a batir, y un velo
le cubrió los ojos. Más y más débil se tornó su canto, y sintió que
algo le ahogaba en la garganta.
 
Moduló entonces un último
arpegio musical. La luna blanca lo oyó, y se olvidó del alba, y se
quedó rezagada en el cielo. La rosa roja lo oyó, y tembló toda de
arrobamiento, y abrió sus pétalos al aire frío de la mañana. El eco se
lo llevó a su caverna púrpura de las colinas, y despertó de sus sueños
a los pastores dormidos. Flotó a través de los juncos del río, y ellos
llevaron su mensaje al mar.
 
―¡Mira, mira! ―gritó el rosal―. ¡La rosa ya está terminada!
 
Pero el ruiseñor no respondió, pues yacía muerto en la hierba alta, con la espina en el corazón.
 
Y al mediodía el estudiante abrió la ventana y se asomó.
 
―¡Mira!,
¡qué suerte tan maravillosa! ―exclamó―, ¡he aquí una rosa roja! No
había visto en mi vida una rosa semejante. Es tan bella que estoy
seguro que tiene un largo nombre latino.
 
Y se inclinó y la arrancó.
 
Se puso luego el sombrero y se fue corriendo a casa del profesor con la rosa en la mano.
 
La hija del profesor estaba sentada en el umbral, devanando seda azul alrededor de un carrete, con su perrito echado a sus pies.
 
―Dijiste
que bailarías conmigo si te traía una rosa roja ―exclamó el
estudiante―. He aquí la rosa más roja del mundo entero. La llevarás
prendida esta noche cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos ella
te dirá cuánto te quiero.
 
Pero la muchacha frunció el ceño.
 
―Temo
que no me vaya bien con el vestido ―respondió―, y, además, el sobrino
del chambelán me ha enviado joyas auténticas, y todo el mundo sabe que
las joyas cuestan mucho más que las flores.
 
―¡Bien, a fe mía que eres una ingrata! ―dijo el estudiante muy enfadado.
 
Y arrojó la rosa a la calle, donde cayó en el arroyo, y la rueda de un carro pasó por encima de ella.
 
―¿Ingrata?
―dijo la muchacha―. Y yo te digo que tú eres un grosero, y, después de
todo, ¿quién eres tú? Sólo un estudiante. ¡Cómo!, no creo que tengas ni
siquiera hebillas de plata para los zapatos, como tiene el sobrino del
chambelán.
 
Y se levantó de la silla y entró en la casa.
 
―¡Qué
cosa tan necia es el amor! ―se dijo el estudiante mientras se
marchaba―. No es ni la mitad de útil que la lógica, pues no prueba
nada, y siempre nos dice cosas que no van a suceder, y nos hace creer
cosas que no son ciertas. De hecho, es muy poco práctico, y como en
estos tiempos ser práctico lo es todo, me volveré a la filosofía y
estudiaré metafísica.
 
Así es que volvió a su habitación, y sacó un gran libro polvoriento, y se puso a leer.




Eran conocidos en las calles del barrio,
conocidos en todos los bares y tabernas.
Él tan alto, tan serio, tan pálido y delgado,
ella morena y frágil, tan graciosa y pequeña.
Él rondaba, más o menos, los cincuenta,
y ella debía tener no más de veinticuatro.
Él daba clases, creo, en alguna academia,
y ella estudiaba, creo, un curso de italiano.
Bebían y se amaban, o eso parecía,
discutían a veces, a veces sonreían,
se besaban y odiaban, pero nadie es perfecto,
el amor es difícil y extraño en estos tiempos.

La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.
El sol limpia las calles, la memoria,
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura.

Él entró una noche en el bar de costumbre,
iba vestido todo de riguroso luto,
venía borracho y solo, traía el gesto serio,
y en las manos una corona de difuntos.
Ella le había dejado, nos explicó sereno,
y había decidido considerarla muerta,
y brindar por su olvido y su descanso eterno,
y celebrar su entierro de taberna en taberna.
Así que allá nos fuimos, y para qué contaros:
vasos vinos y risas, alguna vomitona,
abrazos de amistad, eterna aquella noche.
Requiescat y brindemos por ella y su memoria.

La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.
El sol limpia las calles, la memoria,
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura.

Al salir de El Almendro ya iba muy borracho,
se desplomó en el asfalto y me incliné a su lado.
Supe que estaba muriéndose de golpe,
dijo algo en mi oído, se deshizo en mis brazos.
Se lo llevó la ambulancia con su corona y todo,
y yo me fui a cumplir con su encargo maldito.
Llegué hasta el bar que él me había indicado
y busqué a la muchacha entre el humo y el ruido.
Por fin la vi, bailaba muy despacio,
refugiada en el cálido pecho de un muchacho.
Le conté, me escuchó, se abrazó a su pareja.
Yo no sé si lloró, no se veía apenas.

La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.
El sol limpia las calles, la memoria,
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura. 

ISMAEL SERRANO –

LA EXTRAñA PAREJA (ATRAPADOS EN AZUL)

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