Francesc Miralles EL PAÍS 22/02/2009


El
‘síndrome de Peter Pan’ se extiende como una plaga en nuestra sociedad.
Empeñarnos en no crecer para no asumir compromisos ni responsabilidades
nos puede llevar a situaciones ridículas.

Las
operaciones de estética y las cremas rejuvenecedoras –para ellas y para
ellos– no se han visto lastradas por la crisis. Al contrario, según lo
que Leonard Lauder llamó el “índice del pintalabios”: en situaciones de
penuria económica se venden más cosméticos para ocultar las marcas del
desánimo.

Más
allá de este mecanismo de compensación y del culto a la juventud en
nuestra sociedad, cada vez hay más personas que se resisten a abandonar
psicológicamente la adolescencia. Hablamos de hombres con pánico al
compromiso –sentimental e incluso laboral– y de mujeres enamoradas del
amor que no renuncian a su príncipe azul. Lo que se conoce como síndrome de Peter Pan
está cada vez más extendido en Occidente. Como el héroe de J. M.
Barrie, los hombres y mujeres que lo sufren han idealizado la juventud
y tienen problemas para afrontar los retos de la madurez, lo que les
lleva a vestir y divertirse como adolescentes. El miedo a parecer mayores
hace que muchos hombres en la cincuentena se lesionen en el gimnasio y
muchas mujeres traten de disfrazar su edad con un atuendo juvenil que
roza el ridículo.

Estos Peterpanes modernos rehúyen las
responsabilidades, son altamente inseguros y no toleran las críticas.
¿Cómo han llegado al país de Nunca Jamás?


El ‘síndrome de Peter Pan’

“Todos los niños son artistas. El problema es cómo seguir siendo un artista cuando uno es adulto” (Picasso)

El
célebre personaje popularizado por Walt Disney fue creado por J. M.
Barrie para un musical que se estrenó en Londres en 1904. Su argumento
encaja como anillo al dedo para el síndrome que actualmente designa:
Peter Pan es un niño que se niega a crecer y que vive junto a los niños perdidos, tan reacios como él a madurar, en el país de Nunca Jamás, donde las aventuras se suceden sin fin.

El primero en usar este nombre para referirse a un trastorno emocional fue el psiquiatra Eric Berne,
que en 1966 lo utilizó para definir al niño que habita en todo adulto,
centrado únicamente en satisfacer sus propias necesidades. En 1983
llegaría el síndrome de la mano del psicólogo Dan Kiley, que se sirvió de Peter Pan para describir a los hombres y mujeres que se resisten a crecer. Se trata de personas inestables emocionalmente que suelen tener baja autoestima, ya que aspiran a mucho sin poner nada de su parte. A resultas de ello se escudan en la queja y culpabilizan a los demás –como un niño a sus padres– de las cosas que no les salen bien. Veamos algunos atributos que, según Kiley, permiten reconocer a un Peter Pan:

-su juventud y se niega a identificarse con su edad biológica.

-Es muy exigente con los otros; si no obtiene lo que pide, se enfada como un niño contrariado.

-Teme la soledad y es profundamente inseguro, aunque se esfuerce en ocultarlo.

-Se muestra siempre insatisfecho.

-Acostumbra a tener a su lado a un protector o protectora que cubre sus necesidades.

-Evita
cualquier compromiso –muy especialmente de pareja– con la excusa de
preservar su libertad, y actúa de forma irresponsable.


El país de nunca jamás

“Cada vez que un niño dice ‘No creo en las hadas’, sucede que una pequeña hada cae muerta” (James M. Barrie)

El
psicólogo y sexólogo Antoni Bolinches está preparando un ensayo sobre
un síndrome que, hace sólo un par de décadas “afectaba a una minoría de
personas, pero que por nuestro modelo de sociedad se ha convertido en
un problema generalizado, dando lugar a una generación Peter Pan, ya que los jóvenes de alrededor de los 30 años tienen un grado de inmadurez superior al que tenían los jóvenes de generaciones anteriores”.

Este
terapeuta y autor de libros de psicología divulgativa define la madurez
como “malos momentos bien asimilados”. Por tanto, no caeremos en el síndrome de Peter Pan si
somos capaces de integrar las frustraciones y conflictos de la vida
cotidiana para aprender de ellos. Cuando el individuo no es capaz de
darles esta lectura positiva, aunque sea a posteriori, entonces se neurotiza y se aferra a una adolescencia libre de responsabilidades.

En los hombres, uno de los rasgos fundamentales de este trastorno emocional es el pánico al compromiso sentimental,
algo mucho más raro en las mujeres. Según Bolinches: “El fenómeno desde
el punto de vista sociológico es muy sencillo. En las tres últimas
generaciones, en Occidente, la mujer ha superado su subordinación
histórica al hombre y con su esfuerzo ha evolucionado en todos los
ámbitos. El hombre se ha visto descabalgado del lugar que tenía en la
sociedad, lo que le ha generado una inseguridad suplementaria. Esto
explica por qué existen tantos hombres Peter Pan”.


El ‘síndrome de Wendy’

“La casa de un hombre puede parecer un castillo desde fuera; por dentro es a menudo su guardería” (Clare Boothe Luce)

En
la obra de J. M. Barrie, Peter Pan invita a una niña llamada Wendy
Darling al país de Nunca Jamás para que ejerza de madre de la pandilla
de los niños perdidos. Este episodio significativo llevó a Dan Kiley, tras el éxito alcanzado por su libro, a publicar El dilema de Wendy. Se
trata de un ensayo sobre las personas que protegen a su pareja –o a
otras personas importantes de su vida– como si fueran sus madres. Es un
rol que pueden desempeñar indistintamente hombres o mujeres, aunque es
más común entre ellas. Quien padece el síndrome de Wendy tiene
dificultades para controlar su propio rumbo y, para compensarlo, se
vuelca en dirigir la vida del otro adoptando una actitud maternal.
Según Kiley, el síndrome de Wendy se reconoce por estas actitudes:

-Insiste en ejercer de madre protectora y asume la responsabilidad que elude Peter Pan.

-Siempre se muestra disponible; si no, experimenta un sentimiento de culpabilidad.

-Periódicamente acusa a su protegido de abusar de su buena fe, aunque tampoco hace nada para cambiar la situación.

Así como el de Peter Pan es fruto de la sobreprotección en la infancia, las causas de este otro síndrome hay que buscarlas en
un pasado familiar en el que Wendy se sintió excluida, por lo que en la
edad adulta asume el papel de los padres que no ha tenido.
Para ello se valdrá de la primera persona cercana que se deje cuidar, normalmente la pareja.

Una
dificultad que presentan ambos síndromes es que quienes los sufren no
suelen reconocerse en su rol y recurren a justificaciones. Peter
Pan disfraza su inmadurez de amor por la libertad, y Wendy atribuye sus
cuidados maternales a la incapacidad o irresponsabilidad de la persona
que toma bajo su protección.


Acabar con el cuento

“Existir es cambiar; cambiar es madurar; madurar es seguir creándose a uno mismo sin fin” (Henri Bergson)

En su libro Las mujeres que aman demasiado, la terapeuta Robin Norwood se centra en la tendencia femenina –aunque no es una actitud exclusiva de las mujeres– de buscar hombres que hacen sufrir. Por una extraña álgebra amorosa, las personalidades pacíficas y estables son descartadas a priori en la elección de la pareja, ya que se sienten más atraídas por caracteres complejos que desatan tormentas.

Al
comprobar que muchas mujeres, tras fracasar con un determinado modelo
de hombre, vuelven a enzarzarse en una relación de similares
características, la autora encontró las causas en un deseo de “amar demasiado”. Es decir, frente a la relación serena que no requiere movilizar todos los recursos disponibles, la persona adicta a amar desesperadamente necesita
a alguien que se lo ponga difícil, lo que a menudo implica enamorarse
de alguien que no muestra el mismo afecto ni el mismo nivel de
compromiso. Para salir de esta adicción destructiva, Norwood propone un programa de recuperación en 10 puntos:

1. Buscar ayuda profesional.

2. Hacer de la recuperación una prioridad vital absoluta, lo que implica hablar abiertamente con la pareja sobre la situación.

3. Buscar un grupo de apoyo formado por personas que entiendan el problema.

4. Desarrollar la propia espiritualidad mediante la práctica diaria, a través de la meditación u otro medio que promueva la calma.

5. Dejar de manipular y controlar a los demás, incluyendo no dar consejos y directrices que no nos han pedido.

6. No engancharse a los juegos de pareja con papeles de rescatador, perseguidor o víctima.

7. Enfrentarse
a los propios problemas y defectos, ya que a menudo tratamos de reparar
los de los demás para silenciar los nuestros.

8. Cultivar lo que se necesita desarrollar en uno mismo, sin esperar a que la pareja cambie para poder realizarse.

9. Volverse lo bastante egoísta para situar nuestro bienestar, trabajo y prioridades en primer plano.

10. Compartir con los demás lo que hemos experimentado y aprendido, para ayudarlos y no repetir los mismos errores.

Al final, se trata de acabar con el cuento que nos impide ser personas libres y autónomas.


Las mujeres que aman demasiado

“¿Por
qué a las mujeres nos atrae tanto convertir a alguien infeliz en
nuestra media naranja y pareja perfecta? (…) La ética judeocristiana
encarna el concepto de ayudar a quienes son menos afortunados que
nosotros. Combinado con nuestra necesidad enfermiza de aceptación,
tenemos todos los ingredientes para emprender una cruzada. La necesidad
de este tipo de mujeres de controlar a otros se origina en una historia
infantil donde existía todo menos el control. Una infancia en un
entorno desestructurado, con emociones profundamente dolorosas: miedo,
furia, culpa, vergüenza, compasión extrema. Los mecanismos de
protección que desarrolla una niña en estas condiciones son dos: la
negación de hechos dolorosos y una posterior sublimación de los
acontecimientos a través de la necesidad imperiosa de adquirir control
de la situación” (Robin Norwood).“Son personas inestables emocionalmente que suelen tener baja autoestima; aspiran a mucho sin poner nada”

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