Marcela Lagarde y de los Ríos se define a sí misma como una enredadera feminista. Su último libro, Claves feministas para mis socias de la vida (Ed. Horas y Horas, 2005), es casi un manual, por su fuerza de síntesis, de experiencia y de condensación de diversas corrientes generadas en el movimiento feminista. Recoge en él tres talleres que impartió en una universidad popular de Nicaragua en los años 1997, 1999 y 2000.

El primero se dedica a las nociones de poderío y autonomía de las mujeres. Se trata de la articulación de propuestas políticas capaces de desmontar la construcción del género femenino como incompleto, y enfrentar el “ser para otros”, en palabras de la maestra Franca Basaglia, como compendio de las funciones reproductoras asignadas al género femenino. La autonomía, proceso constitutivo de individuas y vidas propias, y con un sentido específico de libertad, afirma los derechos propios de las mujeres, y construye alternativas que posibilitan la deconstrucción de la ética de la invisibilidad y de la sustituibilidad predominantes. El ‘empoderamiento’ debe generar independencia, en todos los ámbitos, e intercambios reales de principios equitativos. Es básica también la noción de la ‘sororidad’, o affidamento, para un reconocimiento de la autoridad entre mujeres, que construye alianzas y pactos, enfrentando la opresión de género de forma directa y, en concreto, hacia una de sus dimensiones más dañinas, la misoginia, hábil mecanismo de agresión y desconocimiento entre las semejantes.

La segunda parte se dedica a los liderazgos entrañables, los que se hacen con las entrañas. Desvelan la forma de hacer una política feminista que implique una ruptura epistemológica con la hegemónica tradicional, al insistir en la relación entre pensar, ser y existir, para la construcción de una democracia genérica. Recuerda la importancia de la promoción insistente de espacios de enculturación, como formas de aprender mutuamente de mujeres, recordando la expropiación genérica de los cuerpos y de la subjetividad de aquéllas, y la necesidad urgente, por tanto, de formar una ética propia, que enfrente las múltiples escisiones de la identidad contemporánea y que genere otras formas posibles de actuar, con asertividad, equifonía y equipotencia, sin olvidar la constante disidencia transformadora, desde los círculos más particulares hasta los ámbitos colectivos.

Por último, las claves para las negociaciones en el amor desvelan cómo también los afectos se construyen cultural y socialmente, y cómo la cultura occidental del amor, con su moral amorosa tradicional, identifica perversamente al género femenino como un ser colonizado y carente, que pierde su propia libertad al amar. Entre otras nociones relacionadas, se aborda la cuestión compleja de la culpa, religiosa y laica, como inteligente instrumento coercitivo de la subjetividad femenina. Insiste Marcela en la necesidad de ser ciudadanas pactantes, desde las propias vidas, reivindicando la soledad, no debiendo esperar incondicionalidad sino confianza, y haciendo pactos desde la diferencia, pero en equidad real, que comiencen por tener claro lo innegociable para construir así relaciones justas. Así, concluye: “Como nos abocamos a transformar radicalmente el mundo, cada mujer precisa, así mismo, cambiar radicalmente. Para las feministas, cada mujer es la causa del feminismo. Cada mujer tiene el derecho autoproclamado a tener derechos, recursos y condiciones para desarrollarse y vivir en democracia. Cada mujer tiene derecho a vivir en libertad y a gozar de la vida”.

AMAYA OLIVAS DÍAZ en  http://www.diagonalperiodico.net
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